Opinión

BENDITO DIVORCIO

Hace diez años regresé contenta a Culiacán después de vivir once años en la monstruosa y preciosa Ciudad de México. Una mañana fui al banco local para abrir una cuenta de cheques. Me atendió un amable gerente y empezó a tomar mis datos. Cuando me preguntó mi estado civil, yo tranquilamente dije lo que soy: divorciada. Soltó el teclado y volteó […]

Hace diez años regresé contenta a Culiacán después de vivir once años en la monstruosa y preciosa Ciudad de México. Una mañana fui al banco local para abrir una cuenta de cheques. Me atendió un amable gerente y empezó a tomar mis datos. Cuando me preguntó mi estado civil, yo tranquilamente dije lo que soy: divorciada. Soltó el teclado y volteó hacía mi exclamando: ¡Ay, qué feo!, mejor le pongo soltera. Y de su ronco pecho empezó con una perorata de que ahora las mujeres no aguantamos nada, que su santa madre le aguantó de todo a su tremendo padre. Muy atenta y respetuosa de su conmovedora historia, lo dejé hablar,pero en una afortunada pausa, le indiqué con la mirada la computadora y tajantemente le dije: Por favor, póngale divorciada. Aunque después supe que esta conversación fue en vano, ya que al divorciarse, uno legalmente vuelve a ser soltera.

Ninguna mujer tiene porque aguantar nada. Ni indiferencia, ni infidelidades, ni vagancias, ni malos tratos y mucho menos golpes de un marido.

Entiendo que el número de divorcios en México y el mundo ha crecido exponencialmente en los últimos años. Los señores hacen la broma de que los regalos de boda regresan antes de que los invitados los terminen de pagar a
meses sin intereses. Habrá quien se alarme o quien diga que ya no hay compromiso en la institución del matrimonio, que los jóvenes no lo toman con seriedad; otros dirán que la fórmula ya no funciona. Por otro lado, hay quienes todavía afirman que vale más una viuda que una divorciada, como si las mujeres tuviéramos un precio. Que en ese caso, yo le pondría a la mujer divorciada un valor más alto. La viuda no elige su condición, sin minimizar el dolor de la pérdida, es algo dado por la vida, solo queda la resignación. Las divorciadas cargamos el peso de la decisión, una dolorosa y nada fácil de tomar. Por vana que parezca para quien nos juzga, las consecuencias personales y sociales que pagamos por nuestro estado civil siguen siendo pesadas en algunos ámbitos. Sin embargo, para dejar claro que no es martirio, también gozamos de los privilegios de la independencia y la libertad, que son muchos y maravillosos.

Quizás la sociedad conservadora sigue marcando que el matrimonio es la manera de desarrollarse plenamente, pero la realidad azota en la cara y afortunadamente hay muchas maneras de ser plena y diferentes fórmulas para ser feliz. Personalmente creo que la opción de un divorcio civil es un privilegio del Estado laico que debemos apreciar en nuestro país. Y cierro como terminé la conversación con aquel ingenuo empleado bancario: Ninguna mujer tiene porque aguantar nada. Ni indiferencia, ni infidelidades, ni vagancias, ni malos tratos y mucho menos golpes de un marido. Bendita modernidad que promueve matrimonios de parejas, parejas.

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