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Los hijos de la calle | El mal de los vagabundos: brutalidad e indiferencia policial

A veces para los vagabundos el peor enemigo no son el olvido, el rechazo, las enfermedades o la violencia, sino la Policía, debido a la orden que han recibido en caso de ver alguno en la calle: no hacer nada. No importa si se está incendiando víctima de las ocurrencias de una mente desequilibrada o […]

A veces para los vagabundos el peor enemigo no son el olvido, el rechazo, las enfermedades o la violencia, sino la Policía, debido a la orden que han recibido en caso de ver alguno en la calle: no hacer nada.

No importa si se está incendiando víctima de las ocurrencias de una mente desequilibrada o simplemente sufrió una herida que le impide caminar, los agentes de Policía Municipal simplemente no harán nada por ellos.

La Policía no es su único enemigo, también se enfrentan a los maleantes o miembros de bandas del crimen organizado y las más de las veces no sobreviven al fatal encuentro.

“Nosotros tenemos que cuidar la integridad de los ciudadano sea quien sea, pero no lo hacemos porque antes de actuar debemos preguntarle a nuestro jefe táctico. Lo que él dice se hace porque si no obedecemos nos arrestan”, cuenta un agente que a la vez es partícipe y víctima la problemática.

No hay ninguna clase de apoyo para ellos. Así como está, así que se quede, es la orden recibida siempre que consultan a su superior para saber qué hacer en determinada situación.

La historia no termina ahí. La indiferencia policial es solo para los buenos agentes, los malos hacen algo peor: los acosan para ver si tienen algo de valor y de ser así los despojan de lo que sea que tengan.

“Los compañeros que andan en patrullas siempre son malos con ellos, los maltratan y si ven que tienen algo de valor se lo quitan. Les hacen ver que es algo de valor y les meten miedo. Los amenazan con meterlos a la cárcel si no les dicen como lo obtuvieron”, lamenta el agente.

Enfrentan la indiferencia más grave, que es la de las autoridades. Al ver su aspecto, las personas les sacan la vuelta, se cruzan a la otra acera para no pasar junto a ellos o simplemente hacen como que la inmundicia no está ahí.

Pero las autoridades, sabedoras de que sufren enfermedades, a veces incluso mentales, no hacen nada para que puedan tener al menos un poco de bienestar sino que deciden también ignorarlos sistemáticamente.

Sociedad al acecho

La Policía no es su único enemigo, también se enfrentan a los maleantes o miembros de bandas del crimen organizado y las más de las veces no sobreviven al fatal encuentro.

Hay algunos que incluso eran “íconos” de la ciudad, parte del paisaje urbano, y de repente aparecen muertos, acribillados a balazos sin razón alguna o calcinados luego de que alguien decidiera prenderles fuego.

El Maromero era conocido por sus acrobacias en los cruceros de la ciudad, principalmente en el paseo Niños Héroes y Xicotencatl. Un día, sin motivo aparente, fue apuñalado y su cuerpo abandonado en una casa del fraccionamiento Chapultepec del Río.

Hace cinco años encontraron muerto también a un hombre conocido como el Pámpano entre los vecinos de la colonia Infonavit Humaya. Los testigos afirman que un día iba caminando por el bulevar Enrique Cabrera y de repente cayó desmayado. Al examinarlo más de cerca, la gente pudo ver que estaba golpeado. Su único error fue deambular como siempre hacía y encontrarse con la gente equivocada.

Los medios de comunicación reportaron un caso que probablemente sea el más atroz de todos: Joel Rentería se encontraba en el área del mercado Rafael Buelna descansando. De la oscuridad de la noche apareció un grupo de personas encapuchadas y le prendieron fuego.

Si bien sobrevivió al momento, no resistió mucho más tiempo. Estuvo en el Hospital Civil de Culiacán en coma inducido durante ocho días para ahorrarle el dolor hasta que finalmente murió.

Policías y sociedad por igual ignoran a los vagabundos, dejándolos a su propia suerte. El olvido y la indiferencia son sin duda sus peores males.

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