Ciudadanía

Muere el periodista Ramón Guevara; luchó por su vida durante 69 días en un hospital

Luego de 69 días de luchar contra la enfermedad, el periodista escuinapense, Ramón Eduardo Guevara, perdió la vida este martes. El columnista del diario Noroeste había sido intervenido el pasado viernes debido a que tenía una fístula en el estómago, resultado de otra operación para extirparle un cáncer el pasado mes de abril. Por cierto, […]

Luego de 69 días de luchar contra la enfermedad, el periodista escuinapense, Ramón Eduardo Guevara, perdió la vida este martes.

El columnista del diario Noroeste había sido intervenido el pasado viernes debido a que tenía una fístula en el estómago, resultado de otra operación para extirparle un cáncer el pasado mes de abril.

Por cierto, eso de darse de alta es la constante para todos… excepto para mí. Todos llegan, se quedan un promedio de cinco días, o una semana y se van. Yo me quedo…

Ramón Guevara, Punto Cardinal, Noroeste 2 de julio 2015.

La operación tuvo que detenerse debido a que Guevara entró en paro durante el procedimiento, así como por la hemorragia interna producida por la fístula, por lo que la intervención se suspendió hasta el lunes.

Se requirieron 18 donadores de sangre para poder realizar la nueva operación, y aunque esta fue realizada con éxito la mañana de este martes su diagnóstico fue de gravedad. No hay una versión oficial, pero se dice que su muerte se debió a que su cuerpo entró en estado de shock y no resistió.

Su cuerpo será trasladado al municipio de Escuinapa para rendirle su último adiós al lado de su familia.

Ramón Guevara escribió para Noroeste desde el hospital algunas columnas, intituladas Punto Cardinal, ESPEJO te comparte la del 2 de julio, la última:

PUNTO CARDINAL

Cuando el doctor Sergio Crespo vio la interpretación del radiólogo Zambrana sobre mi tomografía, se apesadumbró. Él sabía que se trataba de cáncer.

“Solamente a ti te tenía que salir en el lugar donde te salió”, me alcanzó a decir. Luego me hizo una endoscopia para la necesaria biopsia, que confirmaría el doloroso diagnóstico.

Sin embargo, el resultado de la misma no fue preciso, porque indicaba que no era cáncer. “¡Para mí es un milagro, Ramón!”, exclamó.

Pero otro doctor amigo, Arturo Rizo, se interesó en el tema e insistió en verme y me convenció que debería de retomar el caso, reanalizarlo. Le hice caso, regresé con Sergio, quien de inmediato realizó una nueva endoscopia y otra biopsia. Esta vez el diagnóstico confirmó el cáncer.

En fin, de todo esto quiero retomar su sorpresa en cuanto a mi cuestión. Y es que el doctor Trujillo, quien me operará este viernes (será mi cuarta visita al quirófano) me dijo al respecto:

“Es tan singular tu caso, que ahora que salgas bien, porque así será, lo vamos a publicar”.

Y es que me adelantó que aquí el Issste nunca había tratado con una situación como la que aún me apremia, que de cada 50 mil casos de cáncer se presenta uno como el que me ocurrió.

De allí que me pusiera a recordar a Sergio Crespo y su dicho de aquel mediados de abril: “solamente a ti, tan especial, te pudo ocurrir”.

Y así ya cumplí 64 días en cama. En esta lucha que espero llegue pronto a su fin. De hecho les adelanté que mañana, viernes, me operan. Que les vuelvo a encargar sus oraciones.

Estaré de nuevo en terapia intensiva, estaré en manos de Dios y de la ciencia humana, de la habilidad y conocimiento de los médicos, del cuidado de las enfermeras.

En ese sentido quiero de nuevo agradecer la calidad y calidez del personal que en Culiacán dirige el doctor Efrén Encinas, un hombre profundamente humano; asimismo, y en esa misma calidad saludar y reconocer a Miguel Ángel Camacho, director del Issste en Mazatlán y a mi querido doctor Tonatiuh Rocha.

En estos días muchas historias a mi lado se han tejido con relativo éxito. Sin embargo, hay otras que me han causado dolor:

Es el caso de una anciana que me tocó a mi lado izquierdo. Ella sufría el maltrato de su propia hija, quien “la cuidaba”. No quiero imaginarme cómo le irá en su casa ahora que la dieron “de alta”. Si varios de los que estábamos aquí nos percatábamos de su rudeza, ya en lo privado…

Por cierto, eso de darse de alta es la constante para todos… excepto para mí. Todos llegan, se quedan un promedio de cinco días, o una semana y se van. Yo me quedo…

Otra historia que no olvidaré fue la de un señor que estaba frente a mí. Él sí que era bien cuidado y querido, sobre todo por su esposa, quien no se le despegaba día y noche, como la mía. La diferencia es que sus hijos insistieron en que por lo menos una noche descansara en su casa.

Acordaron que la hija más joven, quizás 16 años, se quedara a cuidarlo. La señora accedió, pero lamentablemente el hombre, quien también padecía cáncer, esa noche murió no sin antes dejarnos patentes sus dolorosos estertores de muerte.

La niña gritaba desgarradamente “¡Papiiiiiiiiii, levántateeeeeee!” en una estéril petición que me cimbraba el alma, pues no podía dejar de relacionar a mis hijos, pidiéndome lo mismo.

Aun sufro al recordar la escena que se incrementó cuando llega la esposa reprochándole el no haberla esperado. “¿Por qué?” le preguntaba si apenas ella se había separado hacía unas cuantas horas… ¡En verdad, qué pena!

Y así transcurre mi vida. Como decía el poeta José Martí, como gotas de aceite gordo “pasan tan lentamente, que no pasan”.

Sin embargo, sé que pasarán. Me mueve una fe grande que se incrementa con sus buenos deseos, confío en que pronto rodaré en mi bici por las destartaladas calles de Escuinapa, mi pueblo querido al que extraño a raudales, así como ustedes extrañan el agua en las tuberías.

 

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