Opinión

OBSERVATORIO | El túnel y el laberinto

En un país donde la corrupción convirtió a Joaquín Guzmán Loera en el superhéroe de la narcocomedia nacional, cualquier cosa puede ocurrir. En el sexenio de las mil y un sospechas —con un presidente que recorre el mundo sin reparar en mirra e incienso al tiempo que las instituciones que él preside son ridiculizadas a su máxima expresión— cualquier día podríamos despertar sabiendo […]

En un país donde la corrupción convirtió a Joaquín Guzmán Loera en el superhéroe de la narcocomedia nacional, cualquier cosa puede ocurrir.

En el sexenio de las mil y un sospechas —con un presidente que recorre el mundo sin reparar en mirra e incienso al tiempo que las instituciones que él preside son ridiculizadas a su máxima expresión— cualquier día podríamos despertar sabiendo que el Chapo gobierna Sinaloa, posibilidad que de facto ya es real.

Re-versoY sí es posible. ¿Quién dice que no si ya nos vieron la cara con la fábula del reo topo que por las noches salía de prisión a cavar un túnel sin sacar tierra y sin hacer ruidos? ¿El mito del hombre medusa que se durmió rapado y despertó con abundante cabellera? ¿La película de un doble de cine que durante meses suplió al Chapo en su celda del Altiplano?

Entretenidos en la falacia de la fuga, los sinaloenses olvidamos que Guzmán está de regreso en una tierra, la suya, de la que nunca se ha ido. En la antesala de la elección de gobernador, el jefe del cártel de Sinaloa se convierte en factor importante, quizá decisivo, para la designación del relevo porque (¿alguien puede negarlo?) aquí tiene un refugio infranqueable, fuerzas y jefes de seguridad pública que lo cuidan, instituciones leales, comandos de pistoleros con vía libre y un pueblo que lo ve como caudillo, no como delincuente.

Vivimos en el reino en el cual la realidad es hija de la exageración y la capacidad de asombro es otra prófuga cotidiana. Preguntemos entonces si alguien tiene “los tamaños”, no digamos la voluntad, para contravenir la decisión continuista del cártel para que Sinaloa siga siendo su gran fortaleza. O la misma interrogante, pero a la inversa: ¿a alguien le interesa ser gobernador aunque ello implique ser parapeto del capo detrás del trono?

Las dos interrogantes implican el escalofrío de las respuestas obvias; ambas también nos desentrañan como constitucionalidad fallida. La sucesión 2016 es oportunidad para los que medran de la delincuencia y amenaza para los que proponen romper las cadenas, no redes, que atan a Sinaloa a la narcopolítica.

He ahí la imprecación que al mismo tiempo es condena; decrétese entonces el 11 de julio como el día de la fascinación por “el señor del subsuelo” y festéjese con alucinados que van a rezar a los templos o marchan en las ciudades para agradecer que Guzmán Loera avergonzó al Sistema Nacional de Seguridad.

¿Y Peña Nieto? Al príncipe de telenovela se le durmieron los dragones o se le convirtieron en mansos reptiles seducidos por las millonarias bolsas de dinero con las que coopta el narcotráfico. Así podría ser el inicio del gran cuento con el que el alternante régimen priista mece la cuna azteca. O tal vez sea el final.

¿Por qué pasa esto en México? ¿Qué maldición pesa sobre los mexicanos? Si no éramos así de ingenuos ni siquiera durante la conquista española, ¿por qué lo somos ahora en el asalto a la razón consumado por las hordas Osorio Chong, Gómez González y Rubido?

Existe una justificación temeraria: es el instinto de sobrevivencia de una sociedad que ve copado al país por los diferentes tipos de delincuencia. De gente harta que ni siquiera tiene su propio túnel para fugarse de la cárcel de la decepción.

Cóncavo y convexo

Y mientras Guzmán Loera salía de la prisión, el gobernador Mario López Valdez se iba de vacaciones. Coincidencia total, diría el cantautor brasileño Roberto Carlos.

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