Opinión

APRENDER DE GRECIA

Con todas las noticias respecto a Grecia, me he puesto a pensar cómo se fueron a meter en este embrollo. Me da pena ver las largas filas de personas en los cajeros, la gente vieja esperando por sus pensiones en las banquetas, los comercios recibiendo efectivo solamente, dinero que no circula y hace caer en la desesperación a sus habitantes.  Pero […]

Con todas las noticias respecto a Grecia, me he puesto a pensar cómo se fueron a meter en este embrollo. Me da pena ver las largas filas de personas en los cajeros, la gente vieja esperando por sus pensiones en las banquetas, los comercios recibiendo efectivo solamente, dinero que no circula y hace caer en la desesperación a sus habitantes. 

Pero pienso también en la responsabilidad ineludible de los préstamos recibidos por ese país, a quien se le ha acabado el tiempo para pagar a sus acreedores. Su nuevo gobierno de apuestos jóvenes de izquierda teniendo que negociar con la Comunidad Europea, quien ya no quiere cooperar, y con su propio pueblo, que no quiere limitarse más, cansado de la crisis, ahora reclama con enojo las soluciones prometidas. El mundo está pendiente y me cuestiono qué tanto nos parecemos algunos, como personas, a Grecia.

Creo que hay mucho que aprender de Grecia en lugar de echarle la culpa a los bancos de nuestras angustias, como ellos a la actual dama de hierro. Deberíamos detenernos, dejar de gastar y empezar a terminar de pagar deudas.

El capitalismo moderno nos ha metido a muchos en esta ilusión de poder ser parte del juego, compramos cosas para las que no nos alcanza porque contamos con la magia del crédito. Vamos a los centros comerciales a pasear y es fácil caer en las garras de las ofertas, los monederos electrónicos y los pagos sin intereses. Salimos con televisiones que no necesitamos porque están muy delgadas y sin panza; las mujeres compramos bolsas de marcas que rebasan nuestro sueldo, o el del marido. Cualquiera puede tener las cosas de los millonarios, todos los anuncios de marcas aspiracionales funcionan a la perfección. Todo tiene un monograma fácil de alcanzar y luego vamos tan seguras anunciando gratuitamente la marca elegida.

Al estar en los hermosos almacenes refrigerados nos alejamos de nuestra realidad, se siente tan rico creer que lo podemos todo. No se diga los papás con niños y adolescentes, qué difícil la tienen, en lugar de formar en lo que es posible para la economía familiar, es mejor evitar el berrinche o la decepción y terminan cayendo en las peticiones de cosas que exceden no solo su posibilidad, sino su mérito.

Porque se me antoja, lo merezco y quiero, aquí no hay víctimas, todo está claro, sacamos números alegres y las cosas nos hacen muy felices hasta que llegan las cuentas puntualmente. Entonces resulta que ni la casa, ni el carro, ni el celular, ni la ropa que llevo puesta son mías; en ese instante me olvido de la linda sensación que me causaron los abrazos de agradecimiento de los hijos al recibir su celular por ningún motivo.

De pronto recordamos que la tele gorda estaba rebuena y que la mujer se acababa de comprar otro bolso con letras del abecedario diferentes. Momento de realidad en que azota el estrés, la tensión física y emocional, el dolor de cuello, el peso en la espalda, la gastritis y el insomnio, llegan las cuentas cargadas de esta palabra de moda y la moda de nuestras cosas nos empiezan a pesar.

Los domingos, en lugar de ir a dar la vuelta al centro comercial, deberíamos mejor ir a pasear al parque, al museo, al Jardín Botánico, al río, a donde sea que no cueste y entretenga, aprender a disfrutar de las cosas gratis de la vida. Ahora parece que si no compramos algo no es divertido. Confieso que para mí es casi imposible salir de un museo sin algo de la tienda, pero a mí también me llegan las cuentas y la caja fuerte tiene fondo. ¿Será que soy una mujer vestida con telas blancas drapeadas a un hombro y una pulsera de culebra en el brazo?

Creo que hay mucho que aprender de Grecia en lugar de echarle la culpa a los bancos de nuestras angustias, como ellos a la actual dama de hierro. Deberíamos detenernos, dejar de gastar y empezar a terminar de pagar deudas.

Prometo, no juro.

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