Opinión

LOS TÚNELES DE CULIACÁN II

A fines de la semana santa pasada, publiqué un artículo donde fundamentalmente compartía con los lectores mis dudas sobre la supuesta red de túneles que alguna vez conectara las principales construcciones de Culiacán. No tuve que esperar mucho por una respuesta: don Arturo Murillo M., generosamente me hace llegar un escrito suyo, publicado por el periódico Noroeste el día martes 1 de enero […]

A fines de la semana santa pasada, publiqué un artículo donde fundamentalmente compartía con los lectores mis dudas sobre la supuesta red de túneles que alguna vez conectara las principales construcciones de Culiacán.

No tuve que esperar mucho por una respuesta: don Arturo Murillo M., generosamente me hace llegar un escrito suyo, publicado por el periódico Noroeste el día martes 1 de enero de 2002, bajo el título El Acueducto. Por la fecha entiendo porqué no lo conocía. Va a continuación un extracto:

El acueducto consistía de una sección de piso en media canal, paredes y bóveda de ladrillo rojo. Empezaba con una sección que tendría como un metro con ochenta centímetros de altura y como un metro con veinte centímetros de ancho.

El primer distribuidor de agua que tuvo la ciudad fue construido probablemente desde el siglo dieciocho.  Se derivaba agua del Tamazula, arriba de La Divisa, y se conducía por un acueducto con suave pendiente que corría por los terrenos altos paralelos al río, para llevar agua a las siembras al oriente de la ciudad y a la ciudad misma. Este acueducto es el que llevaría agua a los cañaverales y huertas de Las Quintas, al ingenio La Aurora y a la fábrica de hilados y mantas cuya marca era El Coloso. El acueducto cruzaría la ciudad, de oriente a poniente, descendiendo por los terrenos altos paralelos al río con ramales cuando era posible. Se surtían así con agua corriente, o sea, de un río todavía sin contaminar, a fuentes públicas, a Catedral, el Obispado (Plazoleta de esquina Hidalgo y Obregón), al Seminario (ahora Palacio Municipal) y al viejo Palacio Municipal (hoy Masín) y a las importantes viviendas en su trayecto a la cárcel. El surtidor seguiría hasta lo que fue la casa del gobernador Francisco Cañedo, que fue Internado del Estado y es ahora el Instituto Sinaloense del Deporte y continuaría al poniente, pasando por la vieja Escuela Prevocacional, ahora Escuela de Idiomas de la UAS, alimentando otras casas hasta regresar al río. El acueducto consistía de una sección de piso en media canal, paredes y bóveda de ladrillo rojo. Empezaba con una sección que tendría como un metro con ochenta centímetros de altura y como un metro con veinte centímetros de ancho. Nos parece increíble que una obra tan grande se hubiera realizado para una ciudad tan pequeña. Se nos olvida la importancia que siempre ha tenido la disponibilidad de agua. En algunas casas de la cabecera municipal de San Ignacio se aprecian restos de un acueducto similar. La noria de la casa de la familia Vega. Quienes querían usar el agua construirían norias sobre el acueducto para extraerla en cubetas mediante poleas de mano. Las industrias después instalarían bombas de reloj o mecanizadas. Todavía al construir en el viejo casco de la ciudad, se descubren trechos del acueducto dando lugar a la leyenda de que eran pasadizos secretos para huir de algo o de alguien o para comunicar Catedral con el Obispado y el Seminario o entre Palacio de Gobierno (ahora la Procuraduría) y las casas particulares de enfrente, en la acera sur de la calle Rosales, o entre la casa de Cañedo y la salida al río. 

Por razones de espacio, dejo hasta aquí la narración de don Arturo Murillo M. pero me tomo la libertad de poner a disposición del público el artículo completo vasto y bien documentado), solo solicítenmelo a mi correo [email protected]

De nueva cuenta, un millón de gracias a don Arturo Murillo M.

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