Opinión

En la opinión de Mercedes Murillo | Dejarlo Todo

Dicen que los humanos somos seres sociales que necesitamos de los demás para desarrollarnos de forma óptima. Hemos inventado muchos diferentes tipos de grupos para integrarnos según nos acomode. Las grandes religiones agrupan a los suyos por creencias y ponen sus reglas de participación. Luego están las religiones disidentes para aquellos que no van de acuerdo con las primeras, pero cuando se vuelven […]

Dicen que los humanos somos seres sociales que necesitamos de los demás para desarrollarnos de forma óptima.

Hemos inventado muchos diferentes tipos de grupos para integrarnos según nos acomode. Las grandes religiones agrupan a los suyos por creencias y ponen sus reglas de participación. Luego están las religiones disidentes para aquellos que no van de acuerdo con las primeras, pero cuando se vuelven igual de grandes y rígidas, entonces también hay todo tipo de sectas para quien lo requiera.

Siempre estamos relacionados al otro, somos hijos, hermanos, padres, ciudadanos, jefes, esposos, maestros. Es mi relación con el otro lo que me define.

Los que abandonamos todo esto quedamos un poco como raros solitarios, pero encontramos cohesión en otras partes. Hay grupos de empresarios, de comerciantes, de ideales políticos, de mujeres filantrópicas. Hay grupos de criminales también, cada uno con su diferente especialidad. Hay grupos racistas que se reúnen a alimentar su odio, hay también grupos de deportistas que se vitorean el uno al otro para lograr sus metas.

Hay grupos de señoras que juegan baraja y otras que rezan. Y no se diga los grupos de terapia donde uno va a sacar sus frustraciones individuales. Y así nos podemos ir analizando todos los tipos de grupos que inventamos para sentirnos bien, acompañados, queridos y apoyados.

Habemos muchos que a lo mejor somos solitarios, pero de todas maneras pertenecemos a una familia, a una ciudad, tenemos un apellido y un gentilicio que nos identifica. Un estado y un país al que pertenecemos y del que guardamos respeto a sus reglas. Siempre estamos relacionados al otro, somos hijos, hermanos, padres, ciudadanos, jefes, esposos, maestros. Es mi relación con el otro lo que me define. Como mexicanos somos de cierta forma, cientos de formas, pero todos hablamos español y más o menos nos comportamos de una manera relajada, festiva.

 

Vemos niños y jóvenes que son hijos, vemos mujeres que son esposas y madres, vemos hombres que al correr por esos campos dejan de saber quiénes son. Están dispuestos a cambiarlo todo, a buscar nuevos grupos, nuevas reglas, solo para encontrar un poco de paz.

 

Con la crisis de refugiados en Europa, al ver esas desgarradoras escenas de gente corriendo de su país, recorriendo lugares desconocidos, con idiomas que no hablan y formas que desconocen, con la sola idea de buscar un mejor futuro. Con la mayoría saliendo de Siria, asumimos que todos son musulmanes. Vemos niños y jóvenes que son hijos, vemos mujeres que son esposas y madres, vemos hombres que al correr por esos campos dejan de saber quiénes son. Están dispuestos a cambiarlo todo, a buscar nuevos grupos, nuevas reglas, solo para encontrar un poco de paz.

Eso veo en esa gente detenida en la frontera húngara, en los trenes que no avanzan en Croacia, en las sonrisas triunfantes de quienes han logrado llegar a donde son bienvenidos. Personas que se unen en una caminata en la búsqueda de algo, de la seguridad de llevar comida a casa y saber que regresarás vivo.

Será que al cruzar la frontera ya dejaron de ser lo que eran y tendrán que encontrar nuevas alianzas. Chicano, mojado, beaner, de la M, mexicoamericano, latino, indocumentado, dreamer, si bien les va.

Mucho sabemos de los migrantes que tienen años atravesando México desde Centroamérica en condiciones paupérrimas recibiendo tratos de vergüenza y de todos los mexicanos que también emprenden la huida. A ellos solo les llaman migrantes y hay algo de vergüenza en el tema, de parte nuestra, por la desigualdad, y del Estado por la falla de ofrecer un país digno de quedarse.

No volteamos a verlos, no vemos los documentales que se filman al respecto, no queremos enterarnos. Mejor no saber. Pasan por nuestro estado rumbo al norte y ni cuenta nos damos. La Bestia es un tren lejano en el que nunca queremos viajar. Estos muchachos huyen de la miseria, del narcotráfico que no les deja mucha opción: o te unes o te largas. Entonces se van. ¿No son ellos también refugiados? No deberíamos verles con más compasión como ahora vemos a las hordas de personas en transmisión en vivo por la televisión, familias enteras dejando su patria, lo único que conocen, lo que son. No van los nuestros también soltando a sus grupos conforme se alejan de sus pueblos, muchos de ellos jamás volverán. Será que al cruzar la frontera ya dejaron de ser lo que eran y tendrán que encontrar nuevas alianzas. Chicano, mojado, beaner, de la M, mexicoamericano, latino, indocumentado, dreamer, si bien les va.

Cuántos logran ser otra cosa distinta, unirse a grupos diferentes, a otras religiones; cuántos cambian para inteligentemente sobrevivir. Soltar creencias, destaparse los velos, aprender el idioma y reinventarse.

No me duelen ni los golpes que reciben, ni el hambre, ni el miedo de la travesía. Me duele esa pregunta:

¿cuántos logran dejarlo todo?

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