Opinión

París es París

Todavía recuerdo con gusto la primera vez que visité París el verano de 1990. Llegamos una mañana muy temprano después de una larga travesía de mochila por nueve países en cinco semanas. Todavía saboreo el pain au chocolat con café au lait que me comí en la estación del tren al llegar, para luego investigar el metro que nos llevaría a nuestro […]

Todavía recuerdo con gusto la primera vez que visité París el verano de 1990.

Llegamos una mañana muy temprano después de una larga travesía de mochila por nueve países en cinco semanas. Todavía saboreo el pain au chocolat con café au lait que me comí en la estación del tren al llegar, para luego investigar el metro que nos llevaría a nuestro hostal. No teníamos palabras. Yo pensaba que los adjetivos se nos habían terminado, que a lo mejor los había dejado todos en Barcelona. Nos volteábamos a ver incrédulas mi amiga y yo.

…esta ciudad lograba darnos algo diferente. No sabíamos qué hasta que alguien dijo la frase clave del viaje: París es París y no pudimos encontrar más palabras que describieran nuestro asombro.

Ninguna de las dos conocíamos Europa. Todo había sido nuevo, hasta ahora para mí Berlín y Florencia llevaban la delantera: la primera por cosmopolita y moderna, y la segunda, por su cálida hermosura. Estábamos cansadas de tanto caminar, recorrer museos y de ver cosas nuevas. Saturadas de experiencias visuales y de sabores, pero esta ciudad lograba darnos algo diferente. No sabíamos qué hasta que alguien dijo la frase clave del viaje: París es París y no pudimos encontrar más palabras que describieran nuestro asombro y la repetíamos todo el tiempo, casi como broma. Volví muchos años después en un viaje que no voy a relatar y este año regresé con urgencia, con la necesidad de  volver a pisar ese lugar antes de emprender cualquier otro periplo por lugares de la lista de deseos.

Compré el boleto de avión con los ojos cerrados gastándome el aguinaldo completo y olvidando necesidades de la vida cotidiana. En las vacaciones de Semana Santa me fui con la compañía más divertida que pude encontrar: tres amigos queridos con los mismos intereses y más o menos el mismo presupuesto. París de nuevo me asombró y esta vez la frase fue: Una ventanita, solo pedíamos una ventana de cualquiera de los edificios alineados por los que pasábamos, la que fuera, la de lo más alto o la del sótano, una ventanita de esas para vivir en la hermosa ciudad.

No puedo más que entristecerme por lo que ha pasado en la Ciudad de la luz; me ofende escuchar a quienes dicen que los franceses se lo buscaron, a quienes sacan el tema de Palestina para minimizar este hecho atroz, cuando creo que son temas aparte.No me interesa la política exterior francesa, no estoy a favor ni en contra del conflicto en Medio Oriente, un tema complejo que desconozco.

Lo único que sé es que el terrorismo no tiene justificación y que me lo tomo personal.

No sé si Francia se lo buscó por aliarse con el nuestro odiado país vecino, que por cierto yo quiero, admiro y visito cada vez que puedo. Lo único que sé es que el terrorismo no tiene justificación y que me lo tomo personal. Efectivamente estas personas también están matándome a mí, no es mera moda usar los hashtags del momento #noussommesparis. Soy pecadora e infiel ante los ideales interpretados a su conveniencia por los fundamentalistas de ISIS, de esa mentira toman el permiso para asesinar, esclavizar personas, violar mujeres y sembrar terror en nombre de un dios que no existe más que en sus cabezas. Alá, el compasivo, no les pide más que bondad, así lo declaran miles de musulmanes sanos avergonzados por los hechos, gente buena que ahora es señalada en las calles del mundo por culpa de estos criminales radicales.

Sí, me lo tomo personal, hace unos meses caminaba por las calles de París y me senté a comer en una de esas banquetas, con la cabeza tapada pero por el frío, con una buena copa de vino tinto en la mano, me reí y quizás coqueteé, y eso sería suficiente razón para darles permiso de que me maten. La amenaza era contra “la capital de la lujuria y el pecado”; para ellos eso que yo hacía alegremente, sin dañar a nadie, era contra sus leyes malinterpretadas que quieren implantar para el mundo entero con su ilusorio califato.

Tres amigos deciden ir a un concierto de rock, tomar unas cervezas y bailar un rato. Son gente normal, como uno, ni buenos ni malos, trabajan, pagan sus impuestos, seguro tienen alguna deuda. ¿De verdad se lo merecen?

En los atentados de enero contra la revista satírica Charlie Hebdó, quedaba la duda por el alcance de la libertad de expresión, una ofensa directa contra sus símbolos sagrados. ¡Va!, les doy el beneficio de la duda. ¿Y ahora? ¿De verdad creen que una pareja que sale feliz a cenar en viernes en la noche y se encuentra con otros amigos, deciden comer afuera porque todavía no hace tanto frío, se lo merece? Tres amigos deciden ir a un concierto de rock, tomar unas cervezas y bailar un rato. Son gente normal, como uno, ni buenos ni malos, trabajan, pagan sus impuestos, seguro tienen alguna deuda. ¿De verdad se lo merecen? Ya no estoy en Facebook, pero hubiera puesto mi foto de perfil con la bandera francesa. En Instagram subí la foto de la torre Eiffel que tome en abril y puse #TristeporParís y #PeaceforParis. Sí, estoy tristísima por París y quiero paz para los parisinos, los franceses y todas las personas que ilusionadas, como yo, ahorran su dinero para ir a París. El Estado y su política es otra cosa, pero ciegamente viviría en Francia como la mujer libre que soy, gracias a sus principios de libertad, igualdad y fraternidad que se esparcieron por el mundo occidental y que ahora intentan masacrar.

Al ver las noticias, agradezco infinitamente haber nacido de este lado de la vida, lejos de ese islam que rebaja a la mujer, la denigra, la tapa para no verla y la encierra para usarla a su placer.

Gracias no. Yo me quedo con París, la bella que ahora llora.

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