Culiacán

Historias de histeria | Ruta de ratas

En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En historias de histeria hacemos un recuento de […]

En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En historias de histeria hacemos un recuento de aquellos sucesos que nos hablan de la necesidad de emprender acciones para devolver la paz y tranquilidad a todos los culichis.

Era una mañana habitual para Laura. Se había despertado a las 7:00 horas para comenzar a prepararse para ir al trabajo. Se puso su uniforme, colocó base de maquillaje en su rostro y echó a su bolso el resto de sus pinturas para terminar su maquillaje en el autobús rumbo al trabajo.

Salió a la parada en la que siempre toma la ruta del Campiña rumbo al Centro y al cabo de 10 minutos subió al camión, con la sensación de que iba un poco tarde. Le tocó sentarse hasta atrás, en el asiento que menos le gusta, porque dice que los camioneros de Culiacán tienen complejo de ‘rápido y furioso’ y entre las carreras, los de atrás son los que más sufren por los baches.

Fue justo cuando el conductor del autobús se detuvo en una parada para recoger a unos pasajeros cuando Laura dejó su celular de lado para terminar de retocar su rostro cuando se escuchó a los lejos —¡Celulares, celulares! Nada más quiero los celulares— mientras sostenía una pistola. Fue entonces que Laura tuvo un repentino y desagradable deja vu, puesto que era el tercer asalto que le tocaba. 

En el primero había perdido un iPhone y del segundo apenas habían pasado 3 meses. La reacción de Laura fue la de esconder su teléfono en la parte de abajo de sus jeans ajustados de manera cautelosa.

Al llegar al final del camión, el asaltante le preguntó a Laura si traía celular y ella respondió que no. Incrédulo pero con prisa, le pidió el reloj que traía en la mano y se bajó inmediatamente.

En menos de 10 minutos el ladrón recolectó fácilmente alrededor de 13 teléfonos, dejando a todos los pasajeros con el rostro desencajado mientras atravesaban el bulevar ‘de los pobres’ y se lamentaban por todo el material perdido en sus smartphones. Ahora Laura prefiere bajarse inmediatamente de cualquier autobús cuando se sube una persona sospechosa, pero nunca se sabe.

¿Será que la constante exposición a hechos de violencia, narcotráfico, corrupción e impunidad y muchos otros más que ocurren constantemente en Culiacán y Sinaloa empiezan a afectar el correcto funcionamiento de la psiqué de los sinaloenses?

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