Culiacán

Historias de histeria | A él le gustan con cabello largo

En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En historias de histeria hacemos un recuento de […]

En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En historias de histeria hacemos un recuento de aquellos sucesos que nos hablan de la necesidad de emprender acciones para devolver la paz y tranquilidad a todos los culichis.

Parece que siempre está molesta, pero es la forma de sus cejas que combinadas con sus labios gruesos, siempre le dan un ligero aire a las villanas de telenovela: es agresiva, pero muy humilde y sincera. Laura no quería esa vida, pero es la que terminó eligiendo, tenía 16 años cuando conoció a Joel y 17 cuando se embarazó de Joelito, que ahora tiene no más de un año.

Vivía con su familia en El Salado, su padre la obligó a casarse y a mudarse con Joel luego de que descubrieron su embarazo, aunque aún mantiene una buena relación con su familia; las reglas de casa eran duras: “Si te embarazas, te vas”. Se mudó al pequeño ejido de su ahora esposo, que le construyó una pequeña, pero muy lujosa casa en uno de los terrenos que le heredaría su madre.

Laura recuerda que la primera vez que encontró pistolas escondidas en la cochera, lloró de tristeza, aunque sabía que el trabajo de Joel estaba relacionado a la venta de drogas, ver su casa repleta de escondites improvisados para pistolas, polvos y hierba le partió el corazón, no quería esa vida para su pequeño.

Con el tiempo aprendió a ignorarlo, aunque en el rancho todos saben que su nueva familia ‘no anda bien’,  son queridos y respetados, puesto que apoyan a quien lo necesita, su suegra es trabajadora y amiga de casi todos los vecinos. Aunque Laura ha aprendido a sobrellevar la situación, siempre está con miedo de que algo le pase a Joel cuando se pierde por días o que de repente le caiga un operativo y se la lleven a la cárcel.

Ese miércoles Laura había ido a El Salado a ver a su mamá, en uno de los autos que recurrentemente le deja Joel para que haga sus vueltas. Se regresó temprano a casa para alcanzar a ver la telenovela de las 5 de la tarde. Parecía cualquier otro día de su monótona vida, que a veces le harta y a veces disfruta.

Llegó a su casa y dejó al pequeño Joel en la cuna, encendió la televisión y comenzó a ver su programa como lo hace de costumbre, acompañada por unas frituras y un refresco. De repente sonó el celular… era Mayra, la vecina.

—Bueno —contestó Laura con flojera.

—Te va a caer una visita, no salgas —le dijo la vecina, de forma acelerada, luego colgó.

Laura no entendió y continuó viendo el televisor, entonces escuchó un estruendoso golpeteo. Se asomó por la ventana y los pudo ver de lejos, eran los guachos,  estaban afuera de su casa y ella estaba sola, Joel no volvería dentro de  3 días y el pánico la invadió.

Corrió a tomar al pequeño Joel y entre su locura escondió tres pistolas que estaban en la alacena entre ropa sucia que metió a la lavadora. Entonces pensó que estaba perdida, era la primera vez que le tocaba esa situación sola.

Salió a la cochera y de no ser porque se escondió atrás de un muro la hubieran descubierto. Se fue al patio trasero de manera sigilosa y con ayuda de uno de sus vecinos cruzó del otro lado de la barda que medía poco menos de dos metros. Le pidió la moto prestada a Ricardo, su vecino y se puso en marcha.

Llegó con su suegra y le dejó al pequeño Joel en brazos, luego se regresó apresuradamente a casa. Sabía que si los soldados entraban sin permiso como lo han hecho con otras residencias del lugar, le iban a encontrar las ramas, la droga y de paso saquearle sus joyas y sus muebles.

Llegó en la motocicleta por la puerta de enfrente y saludó a los visitantes.

–Se les perdió algo —les dijo con una sonrisa burlona, pero amable.

—Nada más andamos revisando, como que dejó la tele prendida —le dijo el más bajito de los militares.

—Sí, es que se me antojó un raspado para ver la novela y me fui a comprar uno —le explicó Laura de manera coqueta.

—¿Y el raspado? —le preguntó el otro soldado.

—Allá me lo comí, estaba muy bueno el chisme —le dijo entre sonrisas.

—Oiga… ¿y usted vive sola en esta caso tan grande? —cuestionó de nuevo el soldado.

—No’mbre, viven mi esposo y mis suegros, nada más que salieron —le dijo mientras se acomodaba la blusa.

—Qué lástima —respondió el soldado de baja estatura.

—¿Lástima por qué? —dijo, captando la malicia.

—De que sea usted casada —dijo el soldado, luego remató: A poco no se le antojaría irse a vivir a guerrero, allá está Acapulco.

—No’mbre oiga, acá está más bonito —le dijo pícaramente.

Los soldados le sonrieron y le dijeron que todo estaba bien. Laura se sintió a salvo, pero en ese momento le pidieron un poco de agua.

—Híjole, dejé las llaves en los raspados —les dijo alarmada.

—Córrale por ellas —le dijo el soldado más serio.

Los soldados se fueron y Laura sintió que el alma le había vuelto al cuerpo.

Se fue con su suegra por Joelito y le platicó lo sucedido, su suegra sonrió y bromeó con ella para bajarle el susto diciéndole que debería dejar de ver telenovelas, porque ella es mejor actriz que las de Televisa.

¿Será que la constante exposición a hechos de violencia, narcotráfico, corrupción e impunidad y muchos otros más que ocurren constantemente en Culiacán y Sinaloa empiezan a afectar el correcto funcionamiento de la psiqué de los sinaloenses?

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