Narcotráfico

La privacidad fúnebre del panteón Jardines del Humaya

El sitio tendrá ahora acceso controlado para los visitantes y únicamente los familiares de los muertos podrán entrar.

Desde fuera solo se ven las cúpulas y sus cruces, nada fuera de lo común  a cualquier otro cementerio, pero al entrar toda esa imagen acostumbrada a las planchas de concreto cambia. Hay una réplica del Taj Mahal que avisa la excentricidad que se puede ver adentro y que ahora solo tendrá acceso controlado.

Aquí el ritual es distinto: las tumbas rebosan de flores, hay cerveza, güisqui y agua mineral para tomar, los tríos o cuartetos suenan por todos lados con corridos que fueron hechos para terminar de inmortalizar las leyendas de quienes ‘descansan’ en el panteón Jardines del Humaya.

Es un lugar fuera de serie por su excentricidad que evoca la memoria de aquellos que deseaban tener un mejor estilo de vida.

“Es el reflejo de los excesos de la cultura del narcotráfico, o de la narcocultura, como más se le conoce”, dijo Anajilda Mondaca Cota, Doctora en Estudios Científico-Sociales por el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (ITESO).

“La grandiosidad de esa búsqueda de reconocimiento, que yo lo pongo en cursiva, es para decir ‘aquí estamos, aquí seguimos y somos quienes somos’, para mostrar lo que en vida pudieron tener o nunca tuvieron, pero que después de la muerte permanece”.

Por ejemplo, en Jardines del Humaya puede verse construcciones que superan los 5 millones de pesos, como la réplica del Taj Mahal, torres con símbolos griegos, departamentos minimalistas o casas hechas con cantera o mármol importado.

Sobre los pasillos hay siempre albañiles y contratistas que presumen sus obras como únicas.

“Esa de los santos costó 3 millones y medio”, dijo un hombre llamado Jesús, quien aseguró ser uno de los contratistas principales desde hace 17 años. Esa obra que señala es un edificio con una fachada similar a cualquier construcción de la Grecia antigua.

Las construcciones que aquí se hicieron -y hacen- tienen un alto poder simbólico para los narcotraficantes, refiere Mondaca Cota. “A través de sutiles mecanismos de fuerza que escapan a la percepción se logra atribuir significaciones y otorgar legitimidad de sus actos que hicieron en vida aquellas personas enterradas”.

En este lugar descansan los restos de empresarios, políticos y narcotraficantes, como los de Arturo Beltrán Leyva, a quien se le construyó una tumba modesta en comparación con el resto, pero que 2009, cuando murió en un enfrentamiento en Cuernavaca, era una de las que destacaba, junto a la tumba donde están los restos de los hijos de Héctor Luis Palma Salazar, ‘El Güero Palma’.

Sin embargo, el panteón, propiedad de Leopoldo Sánchez Duarte, hijo del ex gobernador polémico por su relación pública con el criminal Miguel Ángel Félix Gallardo, Leopoldo Sánchez Celis, será cerrado al público.

Un panteón con acceso restringido

En este panteón, emblema de la narcocultura, objeto de estudio de investigadores y periodistas, se pueden ver cosas fuera de lo común en otros sitios.

Hay tumbas que tienen aire acondicionado, circuito cerrado de videovigilancia, salas de espera, baños, estacionamientos y preparación para internet y cable. Algunas de esas tumbas pueden estar mejor equipadas que las casas de más de dos tercios de la población sinaloense que viven en la llamada clase media, pobreza o marginación.

Hay otras que a la vista cuentan historias, como aquellas con objetos preciosos o la que tiene cuchillos de combate chapados en oro, o las más sencillas que simplemente muestra sesiones de fotos para presentar cómo fue en vida esa persona enterrada.

Todo eso ya no podrá ser admirado fácilmente, su acceso será controlado como sucede con los fraccionamientos privados. Habrá pluma en la entrada para los vehículos y solo podrán entrar familiares y amigos que cuenten con la clave de acceso.

El anuncio se dio con un aviso en su página oficial de Facebook y con mensajes escritos colocados con cinta en cada una de las tumbas.

Para Anajilda Mondaca Cota, el cierre significa un levantamiento de suspicacias, así como una posible pérdida al estudio de la narcocultura.

“Es un caso considerable inédito que a estas alturas se vaya a restringir los horarios, pues también se pueden despertar muchas suspicacias”, asegura.

“Entendiendo por un lado que es un panteón privado tienen todo su derecho, pero desde el punto de vista por lo que representa en la historia por el fenómeno del narcotráfico, y por todas sus implicaciones, representa una especie de veto a la documentación histórica a la fenomenología de la narcocultura”.

La investigadora centra su cuestionamiento en la necesidad de seguir documentando los rituales funerarios en términos de la arquitectura, que es una parte de la cultura y a la documentación periodística por la relevancia que tiene de ser emblema de un fenómeno que ha caracterizado a un estado como Sinaloa.

“Por un lado está el derecho a su privacidad, pero a estas alturas, después de toda la polémica y la propia información que ha generado, las expectativa y la expectacuralización de la noticia, la teatralidad con la que se ha presentado este panteón por las razones que ya sabemos, la presencia de grandes personajes del narcotráfico que están sepultados, la trascendencia y la ostentosidad que ha trascendido a nivel mundial está un poco raro a estas alturas, es imposible no tomar en cuenta esa grandiosidad en términos culturales”, señala.

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