Culiacán

Historias de histeria | Dá-me-la

Se levantaron todos y lo obligaron a parar hasta que llegó una patrulla.

En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En historias de histeria hacemos un recuento de aquellos sucesos que nos hablan de la necesidad de emprender acciones para devolver la paz y tranquilidad a todos los culichis.

Se le había hecho tarde comprando pinturas cerca del centro. Antonio suele ser muy indeciso al momento de comprar y ese día perdió casi una hora buscando los tonos perfectos para la fachada de su casa. Caminó otras cuatro calles hasta llegar a la parte trasera del Ayuntamiento y tomó el camión de la ruta San Miguel-Amistad que lo deja frente a su casa.

Subió y pagó con una moneda de 10 pesos, el conductor no le regresó el cambio, porque siempre aplican su redondeo cuando suben más de tres pasajeros, pensando que por la prisa nadie reclamaría un tostón. Tomó su lugar cerca de la ventana y se puso sus audífonos para escapar de la música del autobús.


El camión avanzó un par de calles y luego subieron otras 5 personas, entre ellas una joven de apariencia agresiva. Ella tomó el lugar al lado de Antonio y de inmediato comenzó a enviar mensajes por Whatsapp. El autobús siguió avanzando hasta llegar al Pollo Feliz y regularmente en esa parada suben muchas personas. Ahí se subieron ellos.


Antonio iba en su mundo, distraído, pensando en mil cosas y ni siquiera lo vio venir: fue entonces que le golpearon la cabeza y comenzó el pánico.
—No te hagas, dame el celular le dijo una persona mientras le arrebataba de las manos su móvil.
—Rápido, los celulares, nada más saquen los celulares replicó el otro hombre mientras le arrebataba las monedas al conductor.

La chica al lado de Antonio no sacó su celular, en cambio lo puso cuidadosamente debajo del asiento de su compañero de viaje.

—No te pares, por favor, no se los puedo dar le dijo con voz suave. Mientras el hombre se acercaba a ella.
—Dame el celular ya, morra le gritó de forma agresiva.
—No traigo le contestó ella muy segura.
—¿Cómo que no traes? Dame tu bolsa le dijo con malicia.
—No te la puedo dar le comentó ya angustiada.
—Dá-me-la le dijo en sílabas, mientras colocaba la pistola en la cabeza de Antonio.
—No te la puedo dar —le replicó, mientras encajaba las uñas en la pierna de Antonio.
—Dásela, por favor, yo te lo pago luego le dijo Antonio con voz quebrada.

La chica soltó el bolso como no queriendo, luego le pidieron la billetera también a Antonio y terminaron por arrebatar otras pertenencias a los pasajeros. Al fondo, un par de estudiantes de preparatoria lloraban, una señora comenzó a desvanecerse y Antonio se quedó temblando como histérico, mientras el conductor del autobús abría las puertas para que los rateros salieran corriendo poco antes de llegar al Hospital General.


El conductor jamás se detuvo, ni perdió la compostura, ni preguntó nada a nadie. Sacó su celular pero no llamó a la policía, ni a su jefe, parecía más una llamada personal.

—Párate aquí gritó una mujer, pero el chofer no le hizo caso.
—¿Por qué a ti no te quitaron el celular si lo traías en la mano? —gritó una de las estudiantes.
—¿Por qué no le llamas ya a la policía para levantar la denuncia? sonó del fondo.

Se levantaron todos y lo obligaron a parar hasta que llegó una patrulla, pero ya era tarde, levantaron un reporte de los daños, pero sabían que ya todo estaba perdido.

Antonio se bajó aún consternado del autobús y con el mismo celular que su compañera de asiento escondió llamó a sus padres. Se había quedado ahí, solo, incomunicado, sin un solo peso y con una pequeña cubeta de pintura color magenta.

¿Será que la constante exposición a hechos de violencia, narcotráfico, corrupción e impunidad y muchos otros más que ocurren constantemente en Culiacán y Sinaloa empiezan a afectar el correcto funcionamiento de la psiqué de los sinaloenses?

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