Historia

“Era nuestro cañón” | La historia del cañón del general Antonio Rosales

Tal vez el cañón que se encuentra atrás de la estatua del general Antonio Rosales es el monumento que más pasa desapercibido entre las personas que atraviesan todos los días la plazuela Obregón.

La plazuela Obregón es la plaza principal de Culiacán ubicada en el centro de la ciudad. Es punto de reunión de amigos, enamorados, de eventos cívicos y culturales; incluso sitio de manifestaciones sociales o mítines políticos. Cientos o miles de ciudadanos son los que transitan por sus alrededores diariamente, ya sea para tomar el transporte público, dirigirse a sus escuelas o trabajos: es el corazón de la capital sinaloense.

De igual forma, es el quiosco el elemento más característico del lugar, donde se puede apreciar los grandes árboles, sus bancas de madera, los boleros y algunos personajes urbanos que se han vuelto icónicos de la ciudad.

Pero de entre todas esas particularidades es tal vez el cañón que se encuentra atrás de la estatua del general Antonio Rosales el monumento que más pasa desapercibido entre las personas que atraviesan todos los días la plazuela Obregón.

Desafortunadamente, en el presente la distracción de los teléfonos inteligentes nos aleja cada vez más de los detalles cotidianos de nuestro entorno, como la historia de dicha pieza de artillería. Esta se remonta a la época de la Intervención Francesa en nuestro país, donde de este lado del territorio nacional los invasores extranjeros vieron frustradas sus intenciones de ocupar Culiacán gracias a la hazaña del ejército de Antonio Rosales en la Batalla de San Pedro en 1864.

Dicho cañón se convirtió en símbolo de la victoria liberal en nuestro estado al confiscárselo al ejército francés.

Sin embargo, antes de ocupar el espacio público de la plazuela Obregón durante muchos años el cañón estuvo instalado en un inicio en la plazuela de la colonia Gabriel Leyva, donde los vecinos más longevos del barrio todavía los recuerdan con nostalgia como un objeto que les fue despojado por ser parte de la identidad de la colonia.

Uno de esos vecinos es el señor Rodolfo Rogers Beltrán de 79 años de edad.

“Yo nací en la colonia Gabriel Leyva y desde que tengo conocimiento, desde muy niño siempre íbamos a jugar al parque por la calle Álvaro Obregón. Me tardaría mucho por describir uno por uno todos los aparatos que había ahí en ese entonces, pero hay uno que no se nos puede borrar nunca de la mente; y ahorita que ya andamos pasando de los setenta años todavía con cierta malicia, pero con cierta tristeza nos acordamos del cañón, el cañoncito que era de nosotros”, explica.

Rodolfo Rogers recuerda que los niños y vecinos de esos años se sentían muy orgullosos de ese objeto, explicando cómo entonces simulaban estar en un campo de batalla y poniéndose en pose de guerra ficticia detrás del cañón, interpretando escenas imaginarias como si en verdad estuvieran frente a un enemigo.

“Recuerdo a un amigo de la infancia, el licenciado Sergio Herrera y Cairo, que es el que con más dolor me pregunta siempre por el cañón, porque siempre andábamos juntos y pasamos horas jugando en el parque y nuestro lugar favorito era el cañón”, detalla.

Con el paso de los años don Rodolfo cuenta que las autoridades municipales, no recuerda con precisión en qué año, decidieron remover el cañón del general Antonio Rosales donde actualmente se encuentra en la plazuela Obregón, generando molestia principalmente entre los vecinos de la colonia Gabriel Leyva.

“Ahora ahí está en el anonimato, nadie voltea a verlo porque no tienen ninguna vivencia que los transporte a sus años de infancia y juventud. Ahí está y nadie da un valor histórico al cañón porque es como un objeto que raya en la indiferencia”, lamenta.

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