Política

El ego hace historia: Le ponen el nombre de Quirino Ordaz a una vialidad de Mazatlán

Si a 500 años de la caída de Tenochtitlán debatimos la circunstancia de bienhechor o bandido de Cristóbal Colón, personaje fundamental de la etapa de la conquista de México, ¿entonces por qué no podríamos decidir si a nuestros gobernantes les dedicamos guirnaldas de oliva o una corona de espinas hirientes?

Las avenidas que llevan nombres de políticos o las estatuas y cualquier otro modo de perpetuar a servidores públicos, tarde o temprano son objeto del reclamo popular o de la sensatez que restablece la ponderación de lo que en verdad importa, por encima de la todavía viva costumbre de exaltación del ego. Pocos casos ha perdonado la historia en lo concerniente a la vanidad como el único motivo para la trascendencia.

En el caso de la regidora ex panista Guadalupe Soto Aguilar, que propuso y logró que el Cabildo de Mazatlán aprobara el cambio de nomenclatura de la avenida Bahía, para renombrarla como Quirino Ordaz Coppel, deja constancia de que persiste la mentalidad de la zalamería como obstáculo para que decisiones de este tipo sean más reflexionadas, consensuadas con los sinaloenses, o bien que en las agendas de los regidores cobren prioridad asuntos trascendentes por encima de lo trivial.

Por ejemplo, Jesús Aguilar Padilla cuenta con una estatua dedicada a él en la colonia Agrícola México, municipio de Angostura; en diferentes colonias de las ciudades hay calle o sectores bautizados con los nombres de exgobernadores Alfonso G. Calderón, Antonio Toledo Corro, Juan Millán y Renato Vega Aguilar. Antes de dejar el cargo en 2016 Mario López Valdez trató de inmortalizarse imponiéndole su identidad a un boulevard del norte de Culiacán y lo mismo ocurrió con Francisco Labastida Ochoa al plasmarle su nombre a una viabilidad del Desarrollo Urbano Tres Ríos, sustituyendo la nominación original dedicada al destacado jurista sinaloense Diego Valadés Ríos.

Los políticos que ejercen o han desempeñado cargos públicos reciben el mandato popular de dirigir a Sinaloa a condiciones de bienestar, nunca el de servirse de los cargos con fines de lucimiento personal y en todo caso será la evaluación colectiva la que decida recordarlos por sus buenas obras o por delitos o delirios que los ponen en el nicho de la vergüenza. Aparte de que reciben un buen salario para que le sirvan al pueblo, la única aspiración que pueden tener en la condición de ex consiste en la gratitud o el desprecio.

El presente es pródigo en moralejas para políticos que de la pretensión de ser héroes decaen más pronto de lo que creen en la estatura de villanos.

Si a 500 años de la caída de Tenochtitlán debatimos la circunstancia de bienhechor o bandido de Cristóbal Colón, personaje fundamental de la etapa de la conquista de México, ¿entonces por qué no podríamos decidir si a nuestros gobernantes les dedicamos guirnaldas de oliva o una corona de espinas hirientes?

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