Familia

Dominga Rosa: el camino sin fin de una madre de Ayotzinapa

Dominga Rosa es una de las mamás de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos por el Estado mexicano. Ocho años después sigue en espera de justicia

Texto: Kau Sirenio / Pie de Página
Fotos: Cortesía

Dominga Rosa apareció entre la maleza con un machete bajo el brazo, venía de la milpa sembrada que dejó su esposo Damián Arnulfo para ir a buscar a su hijo Felipe Arnulfo Rosa que había desaparecido el 26 de septiembre. Era la tarde del 2 de noviembre de 2014, Día de muertos en la cultura Ñuu Savi. 

Cuando entró a la casa de madera, ella sonrió. Sin más preguntó en tu’un savi (mixteco): “Va’a kixa un (¿Llegaste bien?). Para ella lo más importante era preguntar al intruso periodista si había llegado con bien, el único motivo de confianza que tenía con el reportero era que comparte la misma lengua. 

Cuando entramos en plática, Dominga, contó que había ido a cortar flores de cempasúchitl para ofrendar a los muertos. “Itan xà’an kuiso yu kò nu isto na Ndìi (Fui a traer flores para la mesa de los muertos)”. 

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La primera vez que platiqué con Dominga fue en una tarde fría de octubre en la instalación de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa. Ese día, los reporteros que llegaron de Ciudad de México a cubrir la desaparición de normalistas veían con desprecio a la madre de Felipe, nadie le hacía caso. Mientras le daba unas mordidas a una manzana, me dijo que lloraba en silencio porque no sabía cómo salir a buscar a su hijo en la calle.   

La casa de Dominga está en el espinazo del cerro que rodea Rancho Ocoapa. Una comunidad abandonada por el gobierno, donde viven 164 personas, 68 hombres y 96 mujeres. 

En la plática con la madre de Felipe Arnulfo en su casa que está por caerse, me dijo en tu’un Savi, que su hijo caminaba de Rancho Ocoapa, municipio de Ayutla, a la cabecera municipal donde estudiaba bachillerato, de regreso llevaba cuadernos y lápices para sus sobrinos que se quedaron sin papá desde agosto de 2012. 

“Xàku ni ini yu, xá ya’a ni kivi na nduku yu ta sé’e Felipe, inn ndara sakan ndoo xí’in, tyi ni na sini kú xá’ni na ñani ra, kuañu ni koo kivi kóo va’a ini yu. (Mi corazón llora mucho, ya han pasado días que busco a mi hijo Felipe  y no lo encuentro, es el único que me queda, porque la gente mala mató a su hermano -Victoriano-, por eso no creo que mi corazón viva bien)”.   

Dominga Rosa.

Dominga contó que el 15 de agosto de 2014, Felipe se despidió de ellos, le prometió a su papá que cuando regresara de vacaciones de diciembre les ayudaría a cortar un pino para sacar tablas nuevas con el cual construirían otra casa porque donde viven está por caerse. 

Cuando cayó la noche, Dominga me invitó a pasar a la cocina, ahí, sentada al lado de la fogata, empezó a recordar su vivencia en Ayotzinapa. Desde que le avisaron que su hijo desapareció, dice que pensó que la policía los había llevado a la cárcel,  así que su esposo consiguió dinero prestado para que los dos viajaran a Tixtla. Iban a pedir otro préstamo en Ayutla para pagar la fianza, pero les dijeron que su hijo fue desaparecido, así que se trasladaron a Ayotzinapa. Ahí estuvo 20 días. 

–Kuvi ka’an yu tu’un sa’an, nda ña kuvi ka’an, sa kóo kakan takui xi’in ista. (No sé hablar el español, sólo se pedir agua y tortillas). 

La madre de Felipe dice que no puede entender a otro mundo que se ha ensañado con ella, pero sabe que las otras mamás y papás de Ayotzinapa sufren igual que ella. Dice que la delincuencia está en todas partes, así como en su pueblo donde le mataron a un hijo, también en la ciudad, matan y desaparecen a los jóvenes. 

“Mi marido Damián Arnulfo Marcos (traducción) sufre mucho, está muy dolido, no duerme, no come,  extraña mucho a Felipe, siempre me habla de él. Cuando estamos en Ve’e ka’vi (escuela), me platica de sus recuerdos, de aquellos días que nuestro hijo hacía mandados, cuando venía a la casa, se encargaba de limpiar la milpa, el cafetal, la cañaveral, por eso lo buscamos mucho. No es chocante para comer, come de todo, se sienta aquí en la mesita a comer con mis nietos, él es muy trabajador, no es nada flojo, desde muy niño empezó a estudiar”, habla como si esto fuera a aliviar su dolor.

Después de cenar, Dominga pide que la acompañe al pequeño altar que montó en su casa para recibir a los muertos. Ahí, platica con su hijo Victoriano Arnulfo Rosa, ante la luz titilante de las velas que se niegan a iluminar la casa. 

–Yuva mí ka’an yu xi’in un xaa in ña mani/ ku’un na ndukun ñani un Felipe/ ta na ndiko ra ve’e/ kunda un ra/ na koo ña u’uvi na ku ndo’ra (Gran padre te hablo para pedirte un favor/ve a buscar a tu hermano Felipe/tráetelo de regreso a casa/ cuídalo mucho donde quiera que ande/ que no pase dolor y que no sufra donde anda) –dice mientras acomoda el rosario de cempaxúchitl en el altar. 

–Quiero que me platiques más de Felipe, ¿cada cuándo viene? –le pido en la lengua tu’un savi. 

–Cuando viene me trae dinero, me lo da a guardar para sus gastos, la última vez que vino me dio su dinero, el día que regresó se lo entregué, pero él no quiso llevarlo, me dejó quinientos pesos de ese dinero ocupé para que nos fuéramos a Ayotzinapa –recuerda. 

Han pasado ochos desde que Dominga, Damián y su hija Librada buscan a Felipe. Por su edad, actualmente tiene 70 años, Dominga regresó a Rancho Ocoapa a cuidar los poco animales y la cañaveral, mientras que Damián recorrió ciudades, universidades, sierra, ríos y pueblos para buscar a su hijo pero no lo han encontrado. 

A la búsqueda se sumó Librada, hermana de Felipe, ella tenía 20 años cuando el Estado mexicano desapareció a su hermano. A pesar de que al inicio no hablaba español, eso no impidió que ella reclamara justicia. Ahora domina con fluidez el idioma del aparato del Estado que cometió el crimen de lesa humanidad. 

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Durante tres años, la familia Arnulfo Rosa hizo una pausa en la búsqueda de Felipe, no es porque no les importara el paradero del normalista que los militares desaparecieron en Iguala, sino que Dominga Rosa se enfermó. Mientras se recuperaba también cayó enfermo Damián Arnulfo, a ambos les hicieron una cirugía. Librada es la única que se quedó a cuidar a la mamá y al papá.

Siguen buscando el paradero de Felipe. Siguen esperando justicia.

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