Reflexiones

Jorge Ibarra

Barrios mágicos, un incentivo para la gentrificación y la intensificación de las desigualdades urbanas

La gentrificación no siempre ocurre de manera premeditada

Todas las ciudades cuentan con barrios naturalmente pintorescos, llenos de rincones encantados por la belleza de su arquitectura, la historia del lugar y el carácter de la gente que los habita.

En Berlín, por ejemplo, a 5 kilómetros al este de la Puerta de Brandemburgo, se encuentra un distrito muy singular llamado Friedrichshain, que durante la guerra fría perteneció a la República Democrática Alemana, en la parte comunista de la ciudad. 

Desde comienzos del siglo XX Friedrichshain siempre había sido un barrio industrial de familias obreras. Sin embargo, con la caída del muro y el fracaso del socialismo europeo, muchos jóvenes estudiantes, artistas e inmigrantes, comenzaron a poblar esa zona, por los bajos precios de alquiler y la cercanía con el centro de la ciudad.

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Al cabo de unos cuantos años el lugar se convirtió en el epicentro de la contracultura berlinesa. Bardas adornadas con murales, mercados orgánicos y restaurantes de comida étnica, cafeterías de trato bohemio, ciclistas, tiendas de moda con prendas de segunda mano, vinilos, librerías, y galerías de arte moderno. 

De manera espontánea, la comunidad de Friedrichshain se impregnó con una vibrante escena cosmopolita. Pero lo que un día fue el lugar más representativo de la nueva oleada de libertad postsoviética, pronto se llenó de hipsters adinerados atraídos por la personalidad que emanaba del barrio. 

En ese momento las autoridades se percataron del potencial para convertir este barrio en un centro de atracción turística y detonar así las actividades productivas en ese sector de la ciudad deprimido económicamente. Con ese propósito se realizaron proyectos de renovación urbana, y las inversiones comenzaron a llegar.

Y hasta aquí todo parecía ir bien. El problema es que esta dinámica, conocida como gentrificación, provoca una expulsión lenta y silenciosa de los pobladores originales, que por el aumento del valor comercial del suelo, se ven forzados a buscar otros lugares más asequibles, pero también más alejados y sin los servicios públicos adecuados para el habitar.

El inconveniente con la gentrificación es que destruye comunidades establecidas.

Esto fue lo que pasó con Friedrichshain y con muchos otros barrios en el mundo. Normalmente los barrios habitados por minorías, obreros y migrantes tienen un encanto único, porque sus residentes han sabido crear lazos de solidaridad como medio para enfrentar la falta de atención a sus necesidades. 

Estos barrios están cargados de una energía que proviene del activismo político, la rebeldía y la innovación artística. Y por esa razón son irresistibles para el capitalismo de consumo de experiencias y productos diferenciados.

El negocio con los barrios pobres con un alto valor cultural es inmejorable. Las inversiones iniciales en infraestructura suelen provenir del dinero público. A partir de ahí el mercado inmobiliario comienza a apropiarse de edificios que compra a precios casi de remate. Luego les hacen algunas mejoras para triplicar, por lo menos, su valor comercial. 

Y así llega un punto donde la gente que le dio vida a estos lugares, ya no puede costear el nuevo precio que ha fijado el mercado. Son desplazados de la comunidad donde crecieron.

La gentrificación no siempre ocurre de manera premeditada. No es que exista de antemano la intención de evacuar los vecindarios de sus habitantes más pobres. En la ciudad de Mazatlán, por ejemplo, el proceso de gentrificación del centro histórico ocurrió tras un genuino interés de la sociedad civil por rescatar el teatro Angela Peralta y los alrededores a la Plazuela Machado.

Lo que ocurrió después fue que la zona adquirió un valor significativo por la vocación turística de una ciudad que buscaba diferenciarse de otros centros vacacionales de sol y playa que existen en el país. 

Así las autoridades vieron la oportunidad de embellecer el barrio más antiguo del puerto. En unos cuantos años se construyeron edificios abandonados, se adoquinaron calles y se mejoró la iluminación con farolas de luz cálida. La vida nocturna tuvo un renacer con la organización de eventos culturales, callejoneadas y festivales de música. Se abrieron librerías, museos y restaurantes.

El problema, sin embargo, fue que el proyecto nunca contempló el arraigo de la ciudadanía, tampoco consideró las desigualdades interurbanas que se generarían. 

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Por eso ahora que el Gobierno del Estado propone crear un programa de barrios mágicos en Sinaloa, será necesario establecer las medidas que eviten el descontrol de la especulación urbana y estén dirigidas a fortalecer los lazos de solidaridad comunitaria.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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