Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Camila la serrana | La tía Lola y el motociclista

La tía Lola era muy ambiciosa; a Chayito y la Laya, sus hijas, mis primas, en cuanto tuvieron edad de merecer, las negoció

Capítulo No. 11

Mi nieto Juan Francisco, es médico, igual que mi hijo Juanfra, se fue a México atendiendo un llamado de La Secretaría de Salud; fue elegido para integrar un grupo de médicos de todo el país, para atender enfermos del Covid. Dios quiera que no se vaya a infectar. Dicen que ya han vacunado a mucha gente, pero los muertos siguen aumentando; que ya son más de veinte mil en todo el país. Que Dios los lleve a su Santa Gloria.

La tía Lola me puso a vender raspados, aparte de ayudarle con el harto quehacer de la casa, hacer mandados, cuidar de Miguelito; también debía hacer las mieles y los raspados para la clientela. Ella atendía abonados, clientes a los que asistía con comida de medio día; eran obreros de la planta de luz, entre ellos a don Francisco, un señor que era conserje de la secundaria y preparatoria Prevocasional No. 23. Por cierto, a este señor le permitía quedarse a dormir con ella una vez por semana, pero luego, en otros días, hacía lo mismo con un policía. El conserje era un anciano, espigado, buena gente y atento. El policía era prieto, mal encachado y muy mal hablado. Me daba repulsión y miedo; me miraba con ojos de sátiro.

La tía Lola, era muy ambiciosa; a Chayito y la Laya, sus hijas, mis primas, en cuanto tuvieron edad de merecer, las negoció. A Chayito con un hombre que manejaba una pipa en la que distribuía gasolina y, a la Laya, con un tipo que resultó ser un padrote que en menos de un mes la abandonó; la pobre contrajo una infección vaginal que la tuvo en cama más de seis meses. El Quiry, mote del marido de Chayito, nunca supe su nombre, resultó ser responsable, aunque tenía otra familia; a saber, en qué condiciones. Todo eso me daba temor, vivía con miedo porque sabía que algo parecido me podría pasar. No me equivoqué.

Con el tiempo, la situación de las muchachas mejoró. Chayito hizo buena vida con El Quiry, crearon una familia, no recuerdo, pero creo fueron tres o cuatro hijos los que criaron. Lo mismo ocurrió con la Laya, meses después de que se alivió de la enfermedad venérea, la tía la negoció con un funcionario del gobierno, que también tenía otra familia de cuatro hijos. A ella la acomodó como secretaria en el Ayuntamiento. Chayito murió hace ya cinco años, de sus hijos no he sabido nada. De la Laya, sé que todavía vive, pero desde hace años no tenemos comunicación. Nuestra relación nunca fue de efectos sostenidos.           

Manuel, un muchacho guapo y muy serio. Me visitaba, y en ratos me escapaba con él. Nos íbamos al malecón, mirábamos las aguas del Tamazula, su ribera llena de árboles, y muchos pájaros. Eran momentos muy agradables, él era muy cariñoso y me respetaba. Una hermosa tarde me pidió si aceptaba ser su novia formal, dije: sí, y al día siguiente visitó a la tía Lola, la intención fue…

No muchacho. Estás errado, Camila pertenece a una familia muy rica, ella no puede ser tu novia porque tú, eres pobre. ¿En qué trabajas? –Soy contador privado, y trabajo de auxiliar en la Secretaría de Recursos Hidráulicos. –Lo ves; nunca saldrás de “periquito perro”. Aléjate de ella, tú no la mereces; ella es para un hombre rico, que esté de su nivel: familia rica y poderosa. ¿Entiendes? Ya no vuelvas a molestarla; es mejor para ti. Es casi seguro que esto último, se lo dijo con su sonrisa sarcástica y mirar de amenaza.

Tres días después, Manuel, me entregó una carta, me explicaba por qué ya no me vería. Al final de la hoja, dibujó un corazón roto. Aquella tarde lloré tragándome la rabia; pero reaccioné y le grité a mi tía lo de su maldad. Con una sonrisa burlona me dijo: –No seas tontita, es por tu bien. Anda, atiende al niño.

Pasó un mes, y una tarde de julio, cuando el calor está muy fuerte, llegó un señor en una motocicleta grande, el motor lo escuché desde lejos. Era un hombre alto, moreno; iba vestido de kaki y botas de cuero color café. Bajó de la moto, saludó y de paso se fue hasta la cocina, ahí estaba la tía Lola. Mientras atendía a una señora que me pidió dos raspados; de cuando en cuando yo miraba hacia allá. El señor volteaba, se notaba que estaban él y mi tía hablando de mí; en una de esas, nuestras miradas chocaron y él me sonrío. Sentí escalofrío, pero a la vez, un no sé qué; porque miedo no me dio. Desde aquel día, el señor empezó a visitar la casa, un día sí, y otro también. –Buenas tardes bonita. ¿Me das un raspado de rosa, vainilla y leche? Él me sonreía, y yo me ponía nerviosa, sin contestar le servía. El raspado costaba cinco centavos, al irse, me dejaba una moneda de veinte y no esperaba el cambio. Era una buena propina.

Un día, después de comer, mi tía me dijo: -Luego que termines, lavas los trastos, te bañas y te cambias con el vestido que te traje ayer; te pones bonita porque don Leonardo Gutiérrez, el señor de la motorcicleta, te llevará a pasear. -¡Nooo, yo no voy con ese viejo a ningún lado! -¡No me retobes! -¡Aquí la que manda soy yo! -¡Haces lo que te digo, y no hay más! Terminé de comer, lavé la loza, me bañé y me puse el vestido, pero no me pinté. –Con esa cara don Leonardo va pensar que estás enojada. Me dijo mi tía. No contesté, me quedé en silencio; el señor llegó, habló con mi tía y me dijo. –Bonita, ven. No tengas miedo, te voy a llevar a las nieves. –Sube y agárrate de mí cintura, no tengas miedo. Arrancó la moto, y con el sonido fuerte del motor, dejamos la colonia. Me dio miedo, Y él lo notó porque bajó la velocidad. Me llevó a las nieves y me paseó por el malecón y algunas otras calles; yo no miraba nada, nomás iba pensando en que terminaría el paseo con aquel hombre que me llevaba no sé cuántos años. Seguro la gente ha de pensar que soy su nieta; me decía para mí misma.

Pasamos por el frente de la catedral y llegamos hasta el parque Revolución, y paramos en la nevería, pidió dos macedonias. Allí estuvimos sin hablar. Yo miraba, a lo lejos una alberca en la que había algunos que se echaban clavados, otros hacían ejercicios con unas argollas de acero. Un grupo de soldados pasó marchando, cerca de ahí estaba el cuartel. Y yo seguía nomás mirando, mientras él me veía y sonreía; yo estaba como aturdida, no probé la macedonia, él, un poco. Cuando oscureció, pagó la cuenta y nos subimos en la moto. Me llevó rumbo a la iglesia La Lomita, en aquellos entonces, la avenida Obregón, después de la calle 5 de febrero, era de tierra, había solo dos o tres ranchos con crianza de chivos y vacas que pastaban entre pastizales. De regreso dio vuelta por la calle Colón y llegamos hasta la avenida Guadalupe Victoria, dio vuelta a la derecha y allí estaba el barrio La Vaquita. La casa de mi tía estaba sola, eso me extraño y sentí miedo; él dejó la moto bajo el techo que servía como porche y protegía la mesa de los raspados; sin decir nada, se encaminó hacia la puerta de la sala, abrió como si supiera que estaba abierta. –Pasa, vamos a esperar a que llegue la tía Lola. –¿Me puedes dar un vaso de agua? Sin contestar fui a la cocina y le traje el agua. Al dársela, me tomó la mano. -No te asustes, yo no te haré daño. Eres muy bonita y quisiera que fuéramos amigos. Yo sé que estoy mayor para ti, pero… -Ya no diga nada, señor. -¿Cuánto le pidió mi tía? –¿Ella te dijo algo? –No. Pero sé de lo que es capaz. -¿Me tienes miedo? –No, se ve que usted es buena persona, pero yo… –No te angusties, bonita. Ya me voy.

Mi tía regresó cuando ya pasaban de las nueve de la noche. Yo me hice la dormida, ella revisó toda la habitación, se acercó hasta mí, para olerme, miró para un lado y otro, y salió. Al día siguiente, me levanté como todos los días, tomé la escoba y barrí el frente de la casa, la sala y la cocina; cuando estaba trapeando, me dijo: –Cómo te fue con don Leonardo, ¿verdad que es buena gente? No contesté. Pasaron los días y el señor no regresaba; cómo a los cuatro días, mi tía me preguntó. -¿Dime, te hizo algo malo don Leonardo? –No creo que a usted le importe. –No me retobes, yo aquí mando. ¡Contéstame! -¡Eso a usted no le importa, y no se me acerque! Le dije amenazante con el palo del trapeador.  En eso se escuchó el ruido del motor de la moto. Don Leonardo se encaminó, y desde el porche saludó: –¡Buenos días! Mi tía salió rápido a encontrarlo. –Buenos días Leonardo, pasa, pasa, estás en tu casa. Dijo zalamera mostrando en su sonrisa un diente con casquillo de oro.

-Buenos días, bonita. Me dijo él con una sonrisa. Sin poner atención en mi tía.  

-Buenos días, señor. Salí al porche y empecé a acomodar la mesa para los raspados, mientras mi tía, lo invitó a tomar café. Se pusieron a platicar, yo seguí con mi trabajo. Después de media hora. Al pasar junto a mí, dijo: -Bonita, hoy en la tarde paso por ti. Dijo con una leve sonrisa. Yo, solo lo miré.

Fue un día de mucho trabajo; el calor había bajado, ya estábamos en la primera quincena de octubre, día de pago de los trabajadores de la planta de luz. Mi tía les servía la comida, y recibía el pago de los abonados; yo atendía a los clientes de los raspados, y también a mi hermanito Miguel. Para las cuatro de la tarde todo terminaba. Sin que mi tía me lo ordenara, me fui a bañar y cambiar; a esperar a don Leonardo. Tenía que hacerlo, así me evitaba el gesto y las palabras rasposas de la tía mandona…

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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