Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Camila la Serrana | Los ricos del barrio

Enfrente de la casa vivía un policía, pero hagan de cuenta que no lo era, porque hasta los plebes se burlaban de él…

Capítulo No.17

En la década de los 40s, 50s, 60s, Culiacán era una ciudad todavía pequeña, y nos podíamos enterar de los aconteceres del lugar, de sus protagonistas, en cosa de minutos. Un crimen era un escándalo, fuera este un robo, un asalto y no se diga un asesinato. En el mismo edificio de la Presidencia Municipal, esquina de Buelna y Paliza, estaban los separos de la policía, en el Palacio de Gobierno, por la calle General Antonio Rosales, entre Rubí y Morelos, también había una crujía donde encerraban a los delincuentes más peligrosos en calidad de prevención; allí mismo estaban la Procuraduría de Justicia y los juzgados.

La voz de Sinaloa, El Diario de Culiacán y El sol de Sinaloa eran los periódicos que informaban al público, las emisoras de Radio: XEBL y XECQ fueron las primeras, y también tenían sus programas informativos. Eran suficientes para enterarnos de los aconteceres. Los falsos redentores, y aquellos que explotaban a la gente falta de malicia, pronto eran descubiertos por la gente del pueblo, y también por los representantes de la ley, pero estos últimos hacían sus enjuagues con los maleantes y no pasaba nada. Así, poco a poco fui conociendo el mundo que me rodeaba; de la gente buena, que, por fortuna, eran muchos más que la gente de malas intenciones.

La colonia Benito Juárez, más conocida como La Mazatlán, fue creciendo igual que la ciudad, el abigarramiento en que se convirtió nuestro sector, en la década de los 50´s, era un lugar un tanto siniestro, no teníamos servicios de drenaje, agua potable y ni luz eléctrica. El lugar todavía tenía muchos lotes baldíos y enmontados.

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Mis hijos en sus vagancias, se internaban en los montes de más allá; en donde todavía se apreciaba como una selva con arbustos, árboles diversos y animales. La construcción de un gran tanque de concreto para almacenar agua potable hizo que empezara el avance hacia el sur de la ciudad; fue a finales de los años 50´s. En aquellos tiempos el gobierno Estatal, inició un programa de ordenamiento urbano, eso nos permitió tener la posibilidad de poseer varios lotes. Leonardo colaboró mucho; su compadre el General Ramón F. Iturbe, anciano, retirado del ejército, fue uno de los principales organizadores de aquel movimiento; su influencia era importante, había sido Gobernador del Estado. Según me contó Leonardo, fueron muy amigos. En aquellos tiempos, Leonardo no se integraba a nuestra familia; tenía mayores compromisos con doña Rosario y sus hijos de ellos; considerada por ellos, y él mismo, como su familia principal. Por eso, yo le agradecía que ha pesar de aquel compromiso, velara por nosotros, aunque no fuera de forma total.

La colonia creció, pero también las necesidades y la inseguridad. Los cables de la luz eléctrica apenas llegaban a las primeras dos calles de la colonia, en las que ya estaba nuestra vivienda. Fuimos los primeros en tener ese servicio y un radio Philco; debió ser de onda corta porque también, en algunas horas, los más en las noches, escuchábamos la XEW de México. Recuerdo que uno de sus mensajes decía: La W grande de México difundiendo para la américa latina.  Los vecinos se juntaban para escuchar las narraciones del béisbol con don Agustín de Valdés, las peleas de box con el afamado Roy Campos; las mujeres escuchábamos las radio novelas, recuerdo Corona de lágrimas con doña Prudencia Griffiel y Fernando Mendoza, y con Arturo de Córdova la serie: Carlos Lacroix, Apague la luz y escuche.

La zona de tolerancia, que algunos la intificaban como La zona roja, y otros Los bules, no sé por qué; era parte de la colonia, creció. Allí el gobierno municipal construyó la famosa Caseta 4, y los problemas urbanos se ampliaron por la inseguridad que generaba aquella vecindad. Enfrente de la casa vivía un policía, pero hagan de cuenta que no lo era, porque hasta los plebes se burlaban de él. El pobre era alto, flaco y tartamudo. Nunca supe por qué le apodaban El Quelele. Tampoco nunca se supo, exactamente, cómo y por qué se suicidó aquel gendarme; amaneció colgado de un mango en el patio de su casa. Fue extraño que desapareciera su uniforme, su pistola y varias cosas más; se corrió el rumor de que había sido asesinado. Es posible, porque sí había muchos maleantes en la colonia.

Pero lo que sí fue más raro, es que el llamado Agente secreto, conocido como El Buyiringuis, no aiga descubierto qué pasó realmente con la muerte de su colega El Quelele. Este policía secreto, era tan, pero tan secreto, que ni él mismo sabía que era policía secreto. Eso sí, ocurría un robo domiciliario, y pronto daba con el ratero. Asegún decían mis plebes, conocía a todos los maleantes del barrio, los intificaba por el estilo de robar: Unos, se metían quebrando un vidrio, otros abriendo con ganzúa una puerta, y eso, lo llevaba con el ladrón. Lo más de las veces para negociar. –Pasa quebrada o te vas al tambo.

Había otro policía, al que le apodaban Pedro El malo, era robusto, sin ser gordo, de cara mal encachada, y el mote se lo ganó, porque cuando encontraba chamacos haciendo La pinta en horas en que debían estar en la escuela, al que lograba agarrar, le daba unos chicotazos con un chile de toro que portaba colgado de la cacha de su 45; llevaba al plebe a su casa y le recomendaba a la madre le pusiera freno al mocoso. Y no le sacaba si algún padre se ofuscaba; por algo soy la ley. Afirmaba.

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Quién me sorprendió, fue don Francisco, el señor que trabajaba como conserje en La Prevo. Una mañana se apareció ante nosotros, y sin más, compró un lote enseguida de la casa. Pronto construyó una habitación, como de 5 de frente por 7 de largo; con recámara, sala y baño, eso sí, muy bien equipada. Pronto hizo amistad con Leonardo y también con mis hijos que ya estaban grandecitos, le ayudaban al aseo de su casa y hacerle mandados. Comía y cenaba con nosotros; no desayunaba porque muy temprano se iba a su trabajo de conserje. Era mi abonado, y también lavaba y planchaba su ropa. Le gustaba tomarse una cerveza o dos, cuando más. En ocasiones lo visitaba, no una, sino dos mujeres, eran señoras de edad madura. Jugaban a las cartas; y en veces se quedaba a dormir una de ellas. Habían pasado aproximadamente siete años desde que don Francisco, al que mis hijos, de cariño le decían El Tío Chico, había llegado a vivir al lado de nosotros. Un día me dijo que se sentía mal, que iría con una hermana que tenía por la calle Serdán, muy cerca del centro de la ciudad. Tres días después, la hermana vino a darnos la mala noticia de que don Francisco había muerto. La señora me entregó una carta que él había escrito. Me agradecía las atenciones, y me pidió que entregara los enseres a esa su hermana, se llamaba Carmela, y otra que llegaría de ciudad Obregón, de nombre María; vendría hacer trato por la casa. Le había puesto un precio muy bajo, lo consideré como una recompensa, ocho mil pesos. Le entregué el dinero a la señora y me firmó un convenio. Así fue que pudimos ampliar nuestra casa que fue una de las primeras construidas con ladrillo, esto, y tener radio y con el tiempo televisión; nos distinguió como los ricosdel barrio

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Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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