Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Camila la serrana | Mi mundo cambió para nunca ser igual

Esa noche don Leonardo fue más allá, se acercó y me empezó a decir cosas, y me tomó con sus ásperas manos, sentí escalofrío. Y me besó con ternura las manos…

Cuando salí del baño para entrar a la recámara a cambiarme, miré que llegaba don Francisco, el conserje de la Prevo, y cuando abandoné la recámara, en ese momento llegaba La Perica, una panel de la policía; la gente la motejó así porque era de color verde. Mi tía se adelantó a encontrar al policía, algo le dijo, mientras el gendarme miraba al conserje que tomaba café. Luego de escuchar a la tía, dio media vuelta, subió a la perica y se fue. Mi tía se sentó junto a don Francisco.

-Francisco, es mejor que ya no vengas, ese gorila es un desalmado, nos puede perjudicar, yo no quiero que por mi culpa tengas problemas.

Don Francisco se levantó, sin decir nada salió y se fue. Me dio lástima; pero creo que fue mejor así, él era un hombre bueno. En eso estaba cuando el ruido del motor de la moto, me alertó. Allí estaba don Leonardo, salí; el me recibió con una sonrisa, sin decir nada, subí a la moto. Él saludó a mí tía alzando su mano derecha, arrancó la máquina y nos fuimos. Hicimos un recorrido por otras calles de la ciudad, llegamos hasta El Coloso; miramos los escombros de las fábricas de hilados y lo que había sido un ingenio azucarero; lo único completo que había quedado de las refriegas de la Revolución, era una chimenea muy alta, la gente la conoce como El Pitón. Allí paró la moto y él me contó que esos escombros y fierros retorcidos, eran la muestra de un encuentro entre Carrancistas y Zapatistas. Al ver que no me interesaba su historia, arrancó de nuevo la moto; recorrimos parte de una inmensa huerta de mangos y volvimos a la ciudad cuando el sol se metía por el rumbo del puente negro. Fuimos a la nevería más famosa por el mote de su dueño: El Guacho, estaba sobre el malecón, muy cerca de donde ahora está EL Forum. Esta vez, don Leonardo le echó monedas a una sinfonola, mientras disfrutábamos de una macedonia escuchamos varias canciones: Nereida, Caminito, Azul. Me gustó la música; la banda sinaloense es muy alegre; con ese tipo de canciones, se escucha romántica.

Cuando llegamos a casa, de nuevo estaba vacía, solo había luz en la cocina. Era el 15 de octubre de 1940.

Esa noche don Leonardo fue más allá, se acercó y me empezó a decir cosas, y me tomó con sus ásperas manos, sentí escalofrío. Y me besó con ternura las manos… y después los labios, apenas me rozó… y así, fue avanzando y cuando menos lo pensé, sentí su intenso calor. Y mi mundo cambió para nunca ser igual. Noches como aquella se repitieron, hasta que un día me animé y le dije: -Sí quiere que yo me vaya a vivir con usted, rénteme una casa. Me miró asombrado, pero seguí hablando. Le conté que ya no quería soportar a mi tía, porque aparte de que me explotaba, me daba mal trato. Para en esos entonces mi prima Laya ya se había aliviado de la enfermedad venenosa del desalmado, pero no hacía nada, se convirtió en una mandona más.

 –No te preocupes, resolveremos ese asunto. Dijo don Leonardo.

Me rentó una casa no lejos de allí, eso me permitía ayudarle a mi tía; admití el trato, pero esta vez cobrando; no me interesaba tanto el dinero, yo quería estar pendiente de Miguel, mi hermanito que ya estaba bien sano, porque además de la leche, ya le daba caldito de pollo y sopas con tortilla y huevos; empezó a crecer. El acuerdo con mi tía fue que debía pagarme $0.50 –cincuenta centavos por seis horas de trabajo, era un salario mísero, pero de algo me servía. Don Leonardo me compró una cama de tubos y resortes con colchón, almohadas, sábanas y una cobija de lana; un ropero, cazuelas y ollas de barro, platos y cucharas; él me visitaba todos los días, casi siempre al oscurecer, y se iba a medias de la noche. –No le abras a nadie, aunque sea persona conocida. Me decía con voz de mando. Al principio tenía miedo quedarme sola, pero pronto me acostumbré. Los vecinos, en su mayoría eran gente mayor, y el barrio era tranquilo. Por las madrugadas me despertaba el tren que pasaba muy cerca, pero nada más.

Empecé a cocinar, al principio con miedo, pero me di cuenta que a don Leonardo le gustaban mis guisos, eso me alegró y creo que empecé, si no a quererlo, al menos a considerarlo como un hombre bueno con el que podía estar. Me embaracé, y el 13 de septiembre de 1941 nació mi hija Leonor. Yo había cumplido años el pasado 24 de junio; empecé a ser madre a los 16 años, tres meses y veinte días.

La pequeña casa que don Leonardo me rentaba, estaba por la calle Benito Juárez, entre las avenidas Nicolás Bravo y Guadalupe Victoria del mismo barrio La Vaquita. Yo parí aquel día al filo de las once de la mañana; estuvo lloviendo mucho, amainó plantándose una lluvia de chipi chipi; llegó don Leonardo. Lo recibió doña Anastasia Carrasco, la partera que me había atendido y que cariñosamente le nombramos como: doña Tacha. Ella me dijo que era pariente cercana del afamado militar de la Revolución mexicana: Juan Carrasco.

Don Leonardo entró, su presencia me causó sorpresa y asombro; no llegó en su moto; estaba protegido con un jorongo, botas altas como las que usaban los soldados de la guerra, con espuelas y sombrero de alas anchas. Se miraba imponente, en ese momento creo que me enamoré de él. Después que se fue, la partera, entre muchas otras cosas, me dijo que había llegado al lomo de una mula prieta. Mientras estuvo en la casa, tomó a la niña en sus brazos, le hizo cariños, la besó y la volvió a dejar conmigo. Se me quedó viendo un momento y me dio un beso en la frente.

–Está muy bonita la niña, se parece a ti. Me dijo.

Sacó un rollo de billetes y los puso bajo mi almohada.

Le pagas a la señora, dile que te siga atendiendo. Yo volveré mañana por la tarde; me quedaré a cuidarlas toda la noche.

Eso me llenó de alegría, pero también de tristeza porque sabía qué con él, tendría muchos días huecos, vacíos, sin su presencia…

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Camila la serrana | La tía Lola y el motociclista

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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