Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Camila la serrana | Un sueño me atosiga

En mi soledad, me doy cuenta de todo lo que ocurre a mí alrededor. Por fortuna la mayoría de la gente me aprecia, en especial disfruto de la compañía de mis hijos que me visitan seguido

La pandemia sigue, dicen que ya van más de 260 mil muertos en todo el país. Dios nos castiga como lo hizo con Sodoma y Gomorra por tanta maldad desatada en el mundo. Dios bendito ampáranos, ya quítanos este sufrir. Dios te salve maría, llene eres de gracia…

Un sueño me atosiga. Estamos toda la familia ante la fosa donde en un momento será sepultado mi hermano Matilde, de pronto. Llega mi hermana Lucrecia, intenta darme un abrazo y yo la empujo, y ella cae a la zanja. Desde el fondo ella me grita: ¡Camila! ¡Hermana! ¡Camila! ¡Perdóname! ¡Perdóname!

Reviso mi vida con ella. Recuerdo cuando recibí una carta suya que me mandó de San Juan de Camarones, decía:

Camila.

Esta carta te la escribo para informarte que ya estoy pedida y dada con un muchacho muy guapo, joven y muy trabajador. En cambio, tú, te juntaste con un hombre viejo, que tiene otra familia, de seguro te abandonará, porque ese hombre es de dinero, y pronto te dejará …

Pasaron los años, Lucrecia venía de San Juan de camarones, y se quedaba en mi casa.  Se iba a trabajar. Dejaba, y digo dejaba, porque varias veces hizo lo mismo, dejaba a su marido allá en San Juan; él era un buen hombre, se llamaba Celestino; que en paz descanse, murió hace años. Ella decía que debía ganar dinero para comprarle ropa a sus plebes, pero no pasó mucho tiempo para saber que había otro motivo. Le gustaba su libertad. Se metía con otros hombres; llegó a tener el descaro de traerlos de visita a mi casa.

Me preocupa una visión que tuve hace poco. Fue una noche, estaba sentada aquí en mi poltrona en la sala de mi casa; no sé qué horas serían, pero seguro fue de madrugada; la hora en que las ánimas que tienen penas salen a procurar alivio. Y aquella ánima dijo:

Madre Camila, soy Oscar. Quiero liberarme de un pesar. Sucedió un día ya lejano; mi padre, don Leonardo Gutiérrez, me pidió un favor: -“Hijo, quiero que vayas al hospital civil, allí está una hermana de Camila, se llama Lucrecia; la procuras con ese nombre en el pabellón de las parturientas, y le entregas este dinero”.

Llegué al hospital en el momento en que ella estaba pariendo. Me quedé, y dos horas después nació la criatura, fue un niño. Una enfermera me pidió entrara al pabellón, y me entregó al niño en el momento en que también llegaba mi padre. –“¿Tuvo ese niño Lucrecia?  Échamelo pa´ acá”. Dijo mi padre y le entregué el niño; lo empezó a revisar mientras decía…- “-Por aquí, por aquí, debe tener la seña… mi lunar…” –Señor, señor. –Intervino la enfermera. –Ese niño nació muerto. “-¡Muerto!” –gritó mi padre, de inmediato me dio a la criatura y salió a paso rápido. Le entregué el dinero a la señora Lucrecia, al dárselo me tomó la mano y con voz de ruego me dijo. –Joven, por el amor de Dios, no le vaya a contar nada de esto a mi hermana Camila.

 -Madre, le pido me perdone. Dijo Oscar, y desapareció como el ánima que era.

Aquel sueño se repite, y lo asocio con una visita que Lucrecia me hizo un año después de la muerte de Leonardo. Muy compungida me dijo: –Si yo hubiera sabido de la muerte de Leonardo, hubiera venido a su velorio… fue un gran hombre. Tuviste suerte hermana. Al mostrar su pesar, sus ojos estaban llorosos.

En ese momento me acordé del sueño con el ánima de Oscar, y me acordé también, de cuando ella, se fue a trabajar a Tóbora con Leonardo; asegún me dijo él, ella hacía la comida de sus trabajadores; aquel trabajo que fue de una carretera, duró casi un año. En ese tiempo, un día me visitó La Chalina, la que era querida de El Mayo, me dijo: – Te están traicionando. – ¿Y ahora quiénes? Leonardo y tu hermana Lucrecia. Se acuestan allá en Tóbora. -¡Vete, eres una desgraciada mentirosa! Nunca pensé que había dicho la verdad; y es que La Chalina era una mujer que le gustaba el chisme, disfrutaba con hacerlo, por eso no le creí; ahora atando cabos, comprendo que aquella vez sí dijo la verdad. Porque en aquella ocasión fue que Lucrecia resultó embarazada; y me dijo: – Camila, cuando tenga esta criatura te la voy a dejar. Yo no puedo cuidarla. -Le contesté: -Yo tampoco, ya tengo bastante con mis plebes. –Anda, no seas mala, bien sabes que si se da cuenta Celestino, me puede ir mal. – Eso debiste haber pensado antes. – Ta bien, Camila, espero no te arrepientas. Estas sus últimas palabras se me quedaron, sabía que algo había en ellas. Ahora lo entiendo, estaba de por medio que aquel embarazo, fue producto de su pecado con Leonardo.

Dios la ha de perdonar, yo no. De Leonardo no digo nada, a él le gustaban las mujeres. Lucrecia, era una mujer muy bonita, se le puso; allá ella y su conciencia.

En mi soledad, me doy cuenta de todo lo que ocurre a mí alrededor. Por fortuna la mayoría de la gente me aprecia, en especial disfruto de la compañía de mis hijos que me visitan seguido. Cosa curiosa, mis hijas no están en los festejos de los martes. Leonor, la pobre, ya lo dije, se nos fue al cielo muy pronto, apenas tenía 51 años; me queda el consuelo de que nos recibirá, allá en el otro mundo. Gabriel, mi querido nieto, quien nació un 13 de septiembre, mismo día de su tía Noy; también se nos adelantó a la edad de 40 años; seguro ya están en la mansión que él construyó allá; es un gran arquitecto. En aquella mansión, seguiremos viviendo para siempre toda la parentela que nos vayamos de este mundo.

Rosaura no quiere visitarme, ya comenté las razones, solo me queda rogar a Dios, para que algún día le dé razonamiento y regrese, y sí no ocurre, que Dios la bendiga siempre en su camino. Genoveva, la más entusiasta y alegre de las tres, tiene la fortuna que ella misma se ha buscado, y Dios nuestro señor la ha premiado; vive en San Bernardino California, donde ya es junto con Roberto su marido, ciudadana protegida por el Gobierno de los Estados Unidos. Eso está bien, pero lamento que esté lejos; me entristece porque no la veo, aunque escucho su voz por teléfono porque me llama seguido; de todos modos, siento que me hace falta. Cuando cumplí los 96 años, me dio la sorpresa; se trajo a todos sus nietos, le acompañó su nuera Anayancy; muy buena muchacha, ella es esposa de Joel mi nieto, hijo de la Veva y Roberto.

Todos me dicen que viviré más de cien años, yo les digo que ya estoy cansada. Mis hijos contestan: -Dios quiere que usted nos siga protegiendo con su sabiduría y fortaleza, y también con sus rezos, bendiciones, y una que otra palabrota pa´ que no nos salgamos de huacal.

Dios dirá.

No sé los días que vivo, pero hoy debe ser domingo, lo sé porque pasan pocos carros y también poca gente. Desde hace meses, yo creo que ya va para dos años, la gente con el bozal. Sobre eso Leo ya me explicó de la pandemia del Covid que está ocasionando muchas muertes en todo el mundo. Quiere que me vacune. Y yo le digo: -pues de vacuna a mí no me digas nada, yo no tengo por qué ponerme vacunas; estoy muy sana gracias a Dios, y también a que fui alimentada por la leche de mí madre, y después, con frutas, verduras, leche de vaca, de chiva; y anduve por lodazales, visité muchos enfermos cuando inyectaba; he visitado hospitales, velorios, panteones, mercados y calles llenas de basura; crucé muchos arroyos cenagosos, subí y bajé cerros en tiempos de lluvia y de secas; caminé por lugares con muchos pinos, encinos, cañaverales, huizachales y terrenos inhóspitos. Yo creo que todo eso, me hizo resistente a todo tipo de enfermedades. He pasado por otras pandemias como la viruela, el sarampión, la tuberculosis, la polio y no sé cuantas más, y hasta ahora no me he vacunado contra ninguna. Las vacunas, me contó el doctor Vega, que las hacen con bacterias de las mismas enfermedades, que por eso tienen un riesgo, y por eso a mí no me convencen; pienso que si me vacunan me puede dar la enfermedad, y entonces sí, puede que me muera. Pero además ya tengo muchos años, ya viví lo suficiente; hace tiempo espero la muerte; ya no quiero que me batallen. Solo espero tener tiempo de decir: ¡Pase buena noche doña Chuy!…

LEE EL CAPÍTULO ANTERIOR: ¡Aquí nomás se me apareció!

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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