Reflexiones

María Julia Hidalgo

Zona chilanga | …gourmet

Un lenguaje gourmet que despierta el deleite del paladar y una riqueza narrativa que llena de deliciosos nombres cada bocado, así sea al describir un tomate crudo recién cortado.

“Dicen que los americanos están gordos porque comen mucho y mal. Es cierto, pero la culpa no es de sus excesivos desayunos. Me inclino a pensar que no es más de lo que necesita un hombre para afrontar la jornada, y que la patética manera en que los franceses rompen el ayuno, en esa abulia tan esnob de evitar lo salado y el embutido no es sino una ofensa a los requisitos del cuerpo”, dice Pierre.

¿Dónde quedó ese sabor experimentado en un momento de la vida? En un lugar de París, un chef moribundo ha emprendido un viaje de memorias para revivir la sencilla exquisitez que alguna vez experimentó su paladar y que no volvió a degustar nunca más. Una novela llena de sabores mezclados, cantidades exactas, combinaciones perfectas, pero sobre todo de críticas crueles; al final sólo un poco de piedad. En ese ambiente se recrea Rapsodia Gourmet, de Muriel Barbery; una fresca historia donde Pierre Arthens protagoniza un recorrido de delicias culinarias.

Quien lea esta novela y haya visto la película Ratatouille, podrá encontrarle un rostro a Pierre Arthens; el crítico que se encarga de dar las estrellas al restaurant del gordito Gusteau, ese tipo escuálido que aparece con la nariz respingada y un dejo despiadado al opinar sobre cada nuevo platillo. ¿Será que los críticos son iguales en todos lados y gozan del mismo estereotipo? Podría ser, pero en el caso de Muriel Barbery, el personaje que recreó en Pierre tiene el rostro de Anton Ego; el severo crítico en Ratatouille.

Nadie que haya conocido a Pierre podría imaginar el lamentable estado en el que ahora se encuentra. El temido y exigente crítico gastronómico yace en su domicilio, recordando todo aquello que alguna vez le diera un poco de dicha. Pero su recorrido de memorias no inicia con personas sino con su encuentro con los sabores. Ningún placer descubre ahora entre sus grandes degustes: cuernos de gacela, albóndiga especiada jugosa y compacta, sardinas asadas, salsa de sidra orgánica, erizo de mar al Sansho, tarta de trigo negro, reducción de puerros, magdalenas al cacao, pierna de ternera, cassata de pistacho, gelatina tostada de berenjena; nada de esos sabores le regresa lo que en su agonía busca.

Una novela con muchas voces, donde cada capítulo concluye una historia y donde se van alternando los seres que tuvieron algo que ver con el crítico parisino; el mejor del mundo. Una trama que encierra, de principio a fin, la congoja del momento final. Un vaivén de placeres gustativos y de momentos cruciales cuando con su crítica destroza o favorece reputaciones. Memorias que reviven la simpleza de compartir unos panecillos de paquete. Una historia sencilla, rica, elegante, irónica y bien condimentada. Un lenguaje gourmet que despierta el deleite del paladar y una riqueza narrativa que llena de deliciosos nombres cada bocado, así sea al describir un tomate crudo recién cortado.

Una portera renegada que lamenta tener que comprender la pena de los ricos. Una hija que se siente digna descendiente de su padre y que ahora sentada en la escalera recuerda la pregunta que éste le hizo de niña. Un hijo que sólo espera el momento de la muerte de su padre, para al menos disfrutar de la fortuna. Una esposa abnegada que silencia el daño de toda una vida de indiferencia y resignación, y que, sin embargo, ahora llora el estado de su cruel pero amado esposo. Sentimientos de amor, odio e indiferencia se dejan sentir ante las 48 horas de vida que el médico ha dado a Pierre Arthens; para colmo su desahucio no se debe a una tremenda comilona o un alto colesterol, sino a una insuficiencia cardiaca.

¿Cuál es el sabor que alguna vez saboreó la boca de Pierre Arthens?, ¿cuál es ese sentimiento arrebatado que se aferra en recuperar? Una orgía de dulzura azucarada. Una exploración esencial que recuerde que comer no es la cuestión, tampoco vivir, sino saber por qué.

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