Reflexiones

María Julia Hidalgo

La casa siempre viva

Así la vida en Cacaxtla, pueblo mágico que bien nos dibuja el escritor sinaloense. “Pinta un pueblo del norte sin tragedia”, se dijo en una presentación.

Una oda a la sensualidad y a la exaltación de los sentidos eso es La casa siempre viva; una novela donde el escritor y promotor cultural Óscar Manuel Quezada no repara en mostrar su habilidad poética al resaltar la belleza de los pueblos que siempre, no sólo hoy, han sido mágicos; sobre todo de Cacaxtla, una meseta de la sierra de Sinaloa. Aquí no hay balazos ni sangre por las calles; hay corrientes de agua cristalina. No hay mansiones violentadas; hay patios arbolados. No hay riqueza malhabida; hay rituales y devoción. No hay raptos ni vejación; hay gozo y cachondería. En el pueblo de Cacaxtla las mujeres toman la sartén por el mango; tanto para conservar la tradición culinaria como para dejar bien claro que también ellas saben gozar de la vida. Ellas no necesitan recurrir a la casa de Romelia y Almudena; no padecen de esos males, Margarita —la heroína salvadora— les ha recordado lo que ellos quisieron acallarles.

En plena primavera y con las puertas de par en par hizo su aparición La casa siempre viva. Con cuatro presentaciones de arranque, en la Ciudad de México, el autor agradeció a su casa editorial, Laberinto Ediciones, y a su director Esteban Ascencio —a quien felicitamos por sus 25 años de trayectoria— la publicación de su libro número diez.  En ese ambiente festivo vio la luz La casa siempre viva. Con su abundancia de vegetación, de flora y fauna, sabores, aromas y colores surgió de entre las entrañas de un pueblo del norte la historia de Romelia y Almudena; dos diosas que curan el mal de amores de los hombres poderosos. No por ello los menos pudientes se quedan sin imaginar lo que ocurre dentro de la casa a altas horas de la noche. Así, espiando la Siempreviva, los aspirantes a clientes se dan gusto con propia mano y se avientan el mañanero de Almudena.

Si eres del norte reconocerás costumbres y te invadirá la nostalgia; si eres pueblerino de cualquier otro norte notarás el rescate que se hace de la cocina rural: mole de bodas, carne tatemada, frijoles refritos, dulce de leche, chocolate caliente, pan recién horneado, café con piloncillo, capirotada. Recordarás el arguende en torno a una boda: el desplume de los pollos para preparar el mole, las hornillas en los patios para atizar con los leños, la prisa de las costureras por terminar los ajuares, la mercería donde todos compran los regalos. El alboroto de las mujeres haciendo corazones de panilla roja para decorar, la colecta de manteles y vajillas con los vecinos más pudientes, luego la disputa de los arreglos florales de las mesas… pero el momento crucial es el festín torbellino de giros y giros de las parejas de baile para llegar al centro y darse un buen arrimón. Momento necesario para el mitote del día siguiente donde más de alguna saldrá con regalito.

Así la vida en Cacaxtla, pueblo mágico que bien nos dibuja el escritor sinaloense. “Pinta un pueblo del norte sin tragedia”, se dijo en una presentación. Mas el autor no evita denunciar el abandono y la desolación que a su paso deja el narcotráfico; la muestra, un pueblo de viudas, mujeres que pese a todo no se dejan morir y que han ajustado su vida a los tiempos actuales. Allí aparece Margarita, su heroína que bien sabe tenerlas contentas; con cualquier pretexto jala la banda y bailan sobre las tumbas de los maridos.

Entre las presentaciones presenciales, ocurrió una muy peculiar. Se dio lectura a diálogos y recetas del libro a la vez que se degustaron bocadillos de la cocina sinaloense —una presencia que se destaca en la historia—  en Justina Pacífico https://www.instagram.com/justinapacifico/, el sabor del norte.

Un antes y un después, así vienen y van los tiempos en La casa siempre viva; una historia que no se explica, se siente. No te la pierdas.

PD: con esta novela este espacio celebra las 100 publicaciones. Gracias por la compañía.

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