Reflexiones

María Julia Hidalgo

Limpieza desenfrenada

Nada es absurdo cuando se trata de mantener el orden para que todo luzca bien

Llegó con la máquina, esa tan esperada por mi abuela. Le había prometido que tan moderno artefacto acabaría con toda la maleza. No soportaba que sus patios se llenaran de arbustos y taparan todo a su paso. Ella, tan hiperbólica, asegura que llegará el día en que la maraña se la coma completita. El famoso aparato ya estaba en casa. La más contenta fui yo, me encantan las novedades. Tanto se había dicho de su efectivo funcionamiento: que era solar, que no necesitaba combustible, de encendido fácil, a control remoto y que el insumo era de preparación casera —algo así como entre orgánico y sustentable—. Eso último pondría más contenta a mi abuela, sobre todo porque no tendría que comprar nada —acostumbrada a la escasez de los tiempos revolucionarios tiene por lema: “cuida los centavos que los pesos se cuidan solos”—, además su patio volvería a estar limpio como antes de las aguas. Mi abuela no tenía interés en conocer los detalles de la máquina, más bien eso no le importaba. Los instructivos no ayudan, decía, nunca sirven para nada: inútil palabrería. Amante de las corazonadas, resuelve a puro instinto y últimamente ha decidido que no brotará maleza, que sus flores lucirán pese a esos matorrales espinosos.

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Nada es absurdo cuando se trata de mantener el orden para que todo luzca bien. En una ocasión la sorprendí con un rifle tirando al blanco a las iguanas. ¿Pero qué hace? ¡Las mato, se comen las flores! Se jactaba de acabar con todo lo que dañara su jardín.

Un día, cuando llegaron las aguas, descubrió que un sapo salió de su guarida. Era el mismo sapo escuálido que año tras año salía a proveerse de insectos, mosquitos y cuanto arácnido encontraba en el camino. Eso la ponía contenta pues le tenía pavor a las viudas negras. Mas se dio cuenta de que los gustos del sapo habían cambiado, debió ser por el cambio climático y todo eso que anunciaba Jaime Maussan que pasaría algún día en la tierra. Este verano, el holgazán anfibio había salido ganoso de comer flores; nada menos que las de La sangre de cristo; no le gustó ni el chisme ni las maravillas que se dan al por mayor, le gustó la flor favorita de mi abuela. Así que estuvo horas vigilando al sapo y, nada había quedado de su piel arrugada y enjuta: regresaba regordete; pero el pobre no imaginaba lo que encontraría al regresar a su hoyo. Le había colocado pólvora y una mecha perfecta que se ingenió para hacerlo volar apenas entrara. No quedó nada. ¿Ella? sólo se sacudió las manos.

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Todo lo anterior acabaría con la llegada de la máquina KM12-20. Mi tío la sacó de la bolsa y se la presumió. La había comprado cuando tuvo el invernadero y desde entonces no la había usado. Le dijo que sería cuestión de horas para que todo quedara limpio. Ella se dispuso a encenderla y él la paró en seco. ¡Espera, espera!, aquí está el instructivo, se requiere cierto cuidado. Yo lo tomé, pretendí leerlo. Desistí, no había manera. Ella se había interpuesto. Mi tío no entendió. Al poco llegaron los bomberos. La mecha se había incendiado otra vez.

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