Reflexiones

Alejandra Maytorena Güémez

Videos: un nuevo lenguaje digital

De haber plasmado nuestra realidad en conjuntos ordenados de dibujos, rayas y círculos, hemos llegado a un punto en el que logramos capturar con detalle cualquier instante

A lo largo de nuestra historia, los humanos hemos buscado constantemente formas de comunicarnos que resulten óptimas para facilitar el intercambio de ideas, advertencias, narrativas y conocimientos. Aprendimos a comunicarnos con gruñidos y, eventualmente, palabras, si bien eso se encontraba limitado por el tiempo y el espacio. Con la finalidad de dejar mensajes más duraderos, comenzamos a grabar las paredes con diseños rústicos y creamos formas para compartir conocimiento que han ido evolucionando junto con nosotros.

No es sorprendente que las primeras formas de escritura surgieron como pictogramas, es decir, signos que reproducían la realidad observable para transmitir mensajes cada vez más complejos. Eventualmente, las sencillas imágenes evolucionaron a ideogramas, con signos que representaban ideas más abstractas con símbolos gráficos de los que surgieron eventualmente los alfabetos que ahora conocemos. Por siglos, los dibujos y textos escritos eran las únicas maneras de comunicarse más allá de la voz, dejando registros estáticos para las generaciones futuras.

Buscábamos trascender; documentar, coleccionar y compartir la información de manera perdurable, aunque no era nada sencillo. Aun teniendo la información plasmada en pergaminos, pieles y papeles, esta estaba altamente vulnerable a desastres naturales, guerras, persecuciones ideológicas o tragedias como la sucedida en la quema de la Biblioteca de Alejandría, cuya destrucción conllevó la pérdida de siglos de conocimiento e información de diversos temas y culturas, o lo sucedido en las quemas de libros prohibidos. Reproducir este conocimiento era tan complejo, que en ocasiones solo existían una o dos copias de ciertos codiciados volúmenes. De dañarse estos, su contenido desaparecía para siempre.

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Con la digitalización, este paradigma se transformó. Por un lado, la comunicación se volvió instantánea de un lado del mundo al otro y comenzó a verse acompañada de signos e imágenes al estilo pictográfico, los emojis, para nutrir los mensajes. Se volvió más sencillo enviar fotografías con textos y símbolos que reflejaran aquello que queríamos compartir con el mundo, con lo que alcanzamos un grado de comunicación masivo y global donde, apoyados por el internet y las redes sociales, los mensajes pueden ser vistos por desconocidos. Por el otro, alcanzamos un contexto en el que la información difundida, para bien o para mal, se vuelve virtualmente permanente, situación que nos ha llevado a buscar una mayor responsabilidad en las redes. Una vez que un contenido es publicado, difícilmente desaparecerá y probablemente perdamos el rastro de hasta dónde fue a llegar nuestra fotografía, mensaje o escrito.

Por si esto no fuera suficiente, nuestra comunicación se ha vuelto aún más diversa gracias a los videos, que nos permiten transmitir ideas y mensajes con composiciones de sonidos, signos, imágenes, palabras y movimiento.

No solo eso, cualquiera puede crear contenido videográfico para transmitir contextos integrales de diversos tipos: desde entretenimiento, denuncia, retos, socialización.

Esto ha tenido tal impacto que, Youtube, plataforma dedicada a videos, afirma que cada minuto se cargan más de 500 horas de video y que TikTok, enfocada a videos de unos cuantos segundos, es instalada más de 2.7 mil veces cada minuto del día, siendo la aplicación más descargada en Apple Store, la tercera en Google Play y cuenta con, de acuerdo con DataReporta, mil millones de usuarios globales al mes. 

De haber plasmado nuestra realidad en conjuntos ordenados de dibujos, rayas y círculos, hemos llegado a un punto en el que logramos capturar con detalle cualquier instante, por irrelevante que parezca, compartiendo nuestra creatividad y nuestras pasiones con la misma facilidad que se comparten acontecimientos que se consideran cruciales para el desarrollo de la humanidad y ahora se pueden visualizar desde cualquier parte del mundo en tiempo real. 

Esto por supuesto impacta nuestra relación con el entorno y nuestras preferencias al comunicarnos. Incluso, se ha encontrado evidencia científica, de acuerdo con Harvard Business Review, de que, de entre los distintos formatos de narrativa en el mundo digital, los videos son los únicos capaces de producir niveles de oxitocina, un químico neuronal asociado con la sensación de confianza y confort… similar a aquel que producimos cuando tenemos interacciones sociales placenteras cara a cara. 

Es de esta manera que nuestro lenguaje muta una vez más junto con nosotros, adoptándose los videos como una nueva forma de comunicación universal para las distintas generaciones. Esto también lo refleja el crecimiento exponencial de aplicaciones relacionadas con esta forma de intercambio, conectándonos de una manera que antes parecía imposible para aprender y entender sobre el mundo en el que vivimos y las distintas realidades que en él coexisten. En el mismo sentido, ha tenido impacto en la manera de distintas empresas alrededor del planeta para promocionar y dar a conocer sus productos y servicios, aprovechando el auge de este lenguaje tan reciente y popular.

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Nos encontramos ante una oportunidad dorada para, con apoyo de estos elementos comunicativos, eliminar fronteras y prejuicios en favor de una sociedad más tolerante y verdaderamente incluyente, en el que las características socioeconómicas se vuelvan algo que nos motive a la empatía y a la búsqueda de la comprensión en lugar de a la segregación. Claro que, como todo, los videos son un arma de dos filos si decidimos usarlos para tergiversar, distorsionar o difamar… pero, bueno, eso ya está en cada uno de nosotros y la consciencia que tome sobre el tipo de contenido que decide compartir, consumir y generar, especialmente si recordamos que lo que publicamos durará mucho tiempo en la red, si no es que para siempre.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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