Reflexiones

María Julia Hidalgo

Zona chilanga | Igualita a él

No pudieron quitarle el gusto, aunque se empeñaron, no lo consiguieron, no lo consiguió.

“Lo que pasa es que eres igualita que él”, ella se rió, el supuesto agravio la llenó de orgullo. Cómo explicarle, no lo entendería. Ni muerto lo dejó en paz. El viejo se fue y él luego encontró por quién sustituirlo. Claro, ella era el blanco perfecto para perpetuar el oprobio en el que él los había dejado. Si se hubiera dado el tiempo… pero no, se venció antes y fue más fácil encontrar culpables. El más cercano fue el viejo; su padre. Si éste le hubiera exigido un deber, algo simple, algo así como estudiar, hacer ejercicio, aprender un idioma, levantarse temprano, convertirse en cantante o panadero; apenas un oficio, cualquier cosa algo que luego pudiera reprocharle, pero ni eso puede decir.

Él les dio libertad para ser en la vida, pero él, hijo orgulloso, no supo qué hacer con eso. Tuvieron que haberle dado el libro hecho, la receta precisa, eso le habría resultado fácil; no pudo. ¿Ponerle una mano encima?, algo para poder señalarlo, pero no, no había por dónde buscarle. Luego, la vuelta obligada, la paternidad lo sorprende. Allí estaba ahora inventando la forma: qué hacer, cómo educar, qué permitir… tampoco supo. Los críos se le esfumaron se le escurrieron entre los dedos ni cuenta se dio de eso. Tres oportunidades tuvo para callarle la boca al suyo. El desatino lo atribuyó al mal tiempo; esa descomposición social que aparece de la nada y no hay manera de hacerle frente. “Ni modo”, hay cosas que ni qué, no hay nada qué hacer. Otra vez, así de fácil se libró. Era mejor seguir recargando al Pípila, señalarle la mala educación, lo poco que le dio y lo nada que fue. Eran otros los culpables. Sí, aquí había culpables, los otros, siempre la maldad de los otros. Pero, de entre todos, él fue el principal, el que más lo agravió, el que nada le dio. Ahora él ya no estaba, pero quedaba ella. La que más se le parecía, la que era igualita a él, no importa que ya no estuviera, qué más da, así es la vida, todos nos vamos a morir, y pues él ya había vivido.

Pero vivió siendo culpable, cada vez que pudo se lo dijo, se lo gritó con la mirada, con el olvido, el desprecio, la indiferencia. En cambio él, mi viejo, no perdió el tiempo escuchando a las víctimas. No, su bondad no daba para la ofensa; allá los otros con sus reproches, que ellos los vivan. No pudieron quitarle el gusto, aunque se empeñaron, no lo consiguieron, no lo consiguió.

Alzando la voz volvió a decírselo: “eres igualita a él”. Ella lo desconcertó con su sonrisa. Lo escuchaba y sólo pudo recordar la vez que su viejo le dijo: “hija, ese novio no te conviene. Acaba de venir a decirme que andas en malos pasos, que te ha visto dos días seguidos tomando mezcal. No te conviene, hija”. Sí, tenía razón, era igualita a él y le daba gusto que él se lo recordara, aunque fuera a la mala, qué más da, si el pobre nunca entendió nada. Lo dejó hablando solo, agarró camino como él hacía. Había que honrarlo viviendo ligero como él le había dicho, sin cargas extras que pa nada sirven. Sintió el aire fresco y sonrió: “ella es lo que siempre quise ser”, eso había dicho él, le dijeron, brindando en una cantina.

Ahora sólo te digo, parafraseando a la poeta, que puedes aventarme de cualquier precipicio, qué más da, me encanta ser libre y volar.

Comentarios: [email protected]

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

Comentarios

Recientes

Ver más

Reflexiones

Ver todas

Especiales

Ver todas

    Reporte Espejo