Reflexiones

María Julia Hidalgo

Zona chilanga | Interpretaciones

Así, para evitar que él pensara que había más preguntas, mucho menos cuestionamientos, ninguna duda. Sólo él. Sí, sólo él, con acento ambos.

Siempre, sin poder evitarlo, caigo en la tentación de las interpretaciones. No puedo dejar pasar un silencio, una ausencia, una mirada, una sonrisa, un comentario, sin leer entre líneas y sin echarme un clavado al trasfondo; ¿será que todo lo tiene? Intencionado o no, al parecer, en el mundo de las interpretaciones, por lo menos entre los insomnes y obsesivos como yo, una ausencia cobra más sentido que todas las presencias juntas. Y como no pertenezco al mundo de los datos duros, no puedo escapar al de las interpretaciones: que si piso dos raya continuas en la misma cuadra, seguro vendrá algo malo; que si se derraman granos de azúcar al endulzar el café es que algo perderé ese día; que si se fue la luz por la noche es que el silencio tenía algo que decirme; que si no encontré las llaves es que no debía asistir… siempre algo por algo. Así mi vida entre acomodando sucesos y explicando lo inexplicable. Así respondo también a la decisión de su partida.

Interpretó, intuyó, sintió algo escabroso, mezquino, dañino, algo que no le garantizaría noches tranquilas, sin sobresaltos ni exabruptos. No tuvo la corazonada del despertar creativo y prometedor. Sí, eso pasó, eso interpretó de mí al escucharme pedir mi cortado doble, la margarita sin escarcha, las bebidas sin gas; preferir los lugares abiertos porque la claustrofobia me llega hasta en el vagón del metro. Demasiados asegunes. Sí, una mujer con demasiadas complicaciones. To much alcohol en las cosas, un exceso de pulcritud en los espacios, una inmaculada limpieza antes de concretar el acto. Sí, el acto, la demostración, la comunión, el acomodo… sí, mucho aseo y poca entrega. Qué va, entrega nula mirando al techo en pleno acto; no en cualquier acto, sino en ese, en el acto primario, el primigenio, el mero big bang, viviendo la pequeña muerte de reojo al reloj, ¿a quién se le ocurre?, pensaría él, pensaba ella.

Otra vez se sorprendió esa tarde debajo de la mesa de un café, entre las piernas de los extrañados comensales, tratando de encontrar el terroncito de azúcar que se había caído cuando endulzaba su café. Si lo dejaba tirado, si la azúcar quedaba entre los zapatos de extraños y sin endulzar su café de ese día, seguro pasaba eso que más temía, eso que auguraba que él jamás regresaría. Sí, se había marchado ese día caluroso, pero si ella endulzaba cada tarde su café seguro en la fecha indicada él se quedaría para siempre; sí, para siempre, siempre y cuando no volviera ella a agobiarlo con su mundo de preguntas, de cuestionamientos, que aunque preguntas ambas no son los mismo, ya lo había averiguado, ella, en el diccionario de la RAE; distintos porqués, distinta intensidad. Quizá ella no le había preguntado sino cuestionado. Eso él no lo soportaba, cómo podría, él que huyó de su mundo para no tener que cuestionarse la vida; la vida en su barrio, esa que no entendía, que le dolía. Le dolían las balas, los engaños, las traiciones. Ahora ella lo sabía y se quedaba sin hablar, así, como si nada, sólo mirando al techo, viendo el desfile de elefantitos rosas, sintiendo la petite morte, sin palabras. Así, para evitar que él pensara que había más preguntas, mucho menos cuestionamientos, ninguna duda. Sólo él. Sí, sólo él, con acento ambos.

Debió haber pisado dos rayas esa tarde y no haber encontrado el montoncito de azúcar debajo de la mesa. Sentada estaba bebiendo amargo su doble cortado, intercalando tragos de bebida sin gas. Amante de sus rutinas, de interpretar lo vago, una vez más, se llenó, sin querer, de explicaciones.  

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