Reflexiones

María Julia Hidalgo

Zona chilanga | Las cosas

La eligieron a ella para cerrar el discurso de la noche. No lo esperaba. ¿No era suficiente lo hecho? Caminó hacia el podio…

Ilustración de Ana Viniegra, tomada de Ciencia.

Y hablábamos de la mujer de palabras, esa que dijo no ser de acciones; total, ella no sabe lo que habla. No cuenta lo que dices sino lo que haces. Él, hombre irascible, haciendo a un lado el sentir y todo eso que se cuenta, que se siente. Yo apenas intentando explicar en las palabras de ella lo que esa vez quiso decirnos. No había manera, él no entendía. Las palabras no cuentan, volvía a decirme. No importa lo que digas, déjate de palabrerías, eso no soluciona el mundo ni le da de comer a nadie. Trabaja duro y no digas nada, no es necesario, que tus acciones hablen por ti; lo demás es vacuo no te desgastes. Tanto se lo dijo, y de tantas maneras, que esa mañana empezó a cambiar.

Cambió. Empezó a hacer, a fabricar; aquel hombre tendría razón: volver a ser práctica, dejó los sueños. Dio media vuelta y cambió de ruta. Sus jornadas eran empeñosas y recias. Había que optimizar el tiempo, no gastarlo en boberías, en cosas improductivas. Hasta en el descanso, mientras se sentaba, podía estar contabilizando, haciendo lista de mercancía faltante, arreglar la pata de una silla destornillada, desmenuzar la pechuga de un pollo para hacer algunas tortas que luego pondría a la venta en una mesita a la orilla del cerco mientras hacía la labor. No sólo tendría ganancia de la cosecha, sino de la venta de comida, que viéndola bien es lo que siempre da, la gente siempre busca qué comer, que echarse a la boca.

Organizó tan bien su tiempo que, viéndola bien, no es que necesitara un día libre. No había necesidad de ir al parque, sentarse en una banca y contemplar el cielo, ver el andar de la gente; si uno la piensa bien esas son ociosidades. Tampoco había que ir al cine; habría que comprar palomitas y al menos una botella de agua. Bien podía ver películas en su casa que para eso tenía una pantalla de buen tamaño. Una buena recomendación desde la comodidad del hogar y no andarse exponiendo y gastando lo que bien podría ahorrar; sobre todo que mientras veía la tele podría estar doblando ropa o planchando o limpia de closet que tan lleno estaba ya de tanto tiliche inútil; pero lo que más necesitaba era vaciar el librero, al fin que sólo le había dado palabras. Esas repisas bien podía usarlas para los contenedores de herramientas. Un contenedor lo usaría para los frasquitos de remedios: pomadas, pastillas, ungüentos, antiinflamatorios, vendas, parches… eso lo pondría hasta atrás, donde nadie lo viera; para qué hacerle saber a otros lo que a uno le aqueja. Haciendo cosas no entran males, qué necesidad de caer en el desánimo.

El tiempo le dio. Le dio además para convertir la mesita de tortas en un local establecido: dos dependientes y una tortería. Pero había que estar en todo porque “al ojo del amo engorda el caballo”. Sólo estando al tanto es que prosperan las cosas. Cosas, sí, eso estaba haciendo, las cosas iban bien. Hacía y hacía. Recordó el cuento aquel El libro de las cosas perdidas. No era el caso, ahora todo tenía una utilidad, se hablaba de cosas tangibles. Él estaría satisfecho de ella. Orgulloso él, exitosa ella. Ahora sí aceptó la invitación a la cena. Emprendedores, gente de grandes cosas estaría presente. Habría una exhibición, una subasta de cosas valiosas.

El día llegó. Lucía resplandeciente entre todas las cosas. La eligieron a ella para cerrar el discurso de la noche. No lo esperaba. ¿No era suficiente lo hecho? Caminó hacia el podio. De pie, frente a todos no tuvo palabra, nada qué decir. Se puso a llorar.

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