Reflexiones

María Julia Hidalgo

Zona chilanga | Todas presentes

¿Hemos perdido el rumbo o lo hemos encontrado? Mi abuelo diría: viejas locas; mi abuela: ni que estuviéramos mancas. En el pasado tenemos preguntas, en el presente prisa y acciones

Había de verse ese plan tan pelado y descarado en el que vienen. Qué atropello, cuánta furia, tremendo desfiguro. Dónde quedó la forma, el decoro, la ternura. ¿Tiempos violentos, ficción, realidad? Mi abuela no lo creería. Ella los dominaba con la mirada. Sus ojos lo eran todo. Su gesto gritaba, ellos, sus hijos, callaban, obedecían; la amaban. Ellos estaban seguros con ella; no se los decía, ellos lo sentían. ¿Un mundo de hipocresía, de simulación?, ella intuía cuando le mentían, no les toleraba, ellos lo sabían. ¿Falta de comprensión, de entendimiento?, no hubo escuela sólo vida, “que Dios te perdone”, le dijo al abuelo cuando, enfermo, regresó a morir con ella; lo recibió, mas no le devolvió la palabra. ¿Soledad, pobreza?, que va, “líbrense de las malas compañías”, les decía; no necesitó ni el rosario post mortem, contrató el servicio en vida: de frente a la rezadora escuchó, sola, su propio novenario. 

Todas caminaba, gritaban, rabiaban, lloraban; yo pensaba en ellas. Todas pasaban sobre mis ojos; yo sólo la veía a ella, veía su rostro ruborizado, el rojo de su miedo, la angustia de su mirada, el temblor de sus manos, la timidez de sus pasos; su mundo detenido: él fue por ella al trabajo con pistola en mano, le dijo que si no volvía con él se mataría frente a ella. No quiso salir más, se lavó la cara y apagó su color…  Todas gritaban; yo sólo pensaba en ella, en los gritos que soportó durante su viaje, él le gritaba que era una güila, le decía que le asqueaba su familia, sus amigos, que era un exceso de confianza que todos la besaran, que dudaba de que fuera sola al cine; le gritó que de una vez se largara: le sacó sus cosas y la dejó en la calle… Todas rabiaban, quemaban, destruían; yo sólo la veía a ella, veía cómo su madre la dejaba sola, pequeña, encerrada en el baño por muchas horas, cómo le apretaba los pezones, adolescente, y le decía que sería una prostituta, una alcohólica, una lesbiana, veía como la aventaba contra las paredes y le decía que no valía nada, que los hombres sólo la usarían y la golpearían, que era una tonta, gorda, fea: nunca la abrazó… Todas lloraban; yo sólo la veía a ella, vi como se disminuyó cuando su padre le dijo que lo había decepcionado, que así no se portaban las mujeres buenas; que las mujeres de bien debían tolerar, aguantar, soportar: se autodestruyó… Todas en manada exudaban demonios; yo sólo pensaba en ella, en su tristeza por la ingratitud de su hija; la madre le dio todo y la hija le robó hasta el último centavo… No faltó ninguna; estuvimos todas. La fuerza de los golpes, de las palabras, del abandono calaron. Todas salieron, hicieron frente en histórica marabunta. Avanzaron unidas, valientes, fuertes, imparables, solidarias, emanando su valor ¿indestructible? Un salto, un cambio personal y colectivo.  Al día siguiente… silencio. 

¿Hemos perdido el rumbo o lo hemos encontrado? Mi abuelo diría: viejas locas; mi abuela: ni que estuviéramos mancas. En el pasado tenemos preguntas, en el presente prisa y acciones.

En compañía encontramos fuerza, en soledad —quizá— las respuestas. Como diría el querido Germán Dehesa: señores no negociemos el control de la tele, no vaya a ser que perdamos lo poquito que hemos pepenado.

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