Reflexiones

María Julia Hidalgo

Zona chilanga | Tribulaciones

Murió. Nadie se atrevió. Se fue con su reliquia. Así como las grandes diosas con todas sus pertenencias. A ella la sepultaron con toda su sabiduría y su reciedumbre.

Volvió a escuchar la frase de su abuelo. Esa que repetía cada vez que le insistían que se pusiera la orejera biónica para que escuchara mejor: “pa lo que hay que oír, seguía repitiendo el viejo. Se encontraba dudosa en el camino recordando la frase. Como deseó estar a su lado y entablar ese diálogo en silencio como sólo él sabía hacerlo. Lo recordó en cuclillas haciendo figuras en la tierra con un palito seco. Ensimismado. Parpadeando de vez en cuando para dar una bocanadas a su Fiesta. Parco y reservado como era, repetía esa frase a cada insistencia de las mujeres de su casa para que aguzara más su oído. Lo más interesante que terminó escuchando fueron las telenovelas; se quedaba quietecito, pegado al televisor para oír bien. Todo lo demás no le valía la pena.

“Pa lo que hay que oír”, eso dijo y le dio razón. Tomó camino y se fue derecho. Apenas unos pasos y se encontró con la Y griega de la bifurcación. Se detuvo. Se quedó observando, observándola, observándose. Ya había andado uno, eso creía, eso afirmaba en su recuerdo de niña. Claro y puro; eso le habían dicho; terso sin piedras, sin bordes ni marañas. Apretó los párpados, todavía le dolía: el puro no había sido tan blanco y al claro le pendía una transparencia, un velo delgado que le ocultó la realidad. Le daba miedo, había aprendido a esconderlo, le temía. Se abrazó en la obscuridad y cubrió su frágil figura con el caracol gigante que le habían regalado ese día de su cumpleaños.

Esa mañana amaneció siendo adolescente, pese a que en su cabello aún mostraba un moñito rosa que no terminaba de caer.

No había vuelta, ahora ella estaba en el camino. De frente a la Y. Debía elegir: derecha o izquierda. Lo había probado todo. Nada quedó sin intentar. El sol la quemaba, era ardiente. “Pa lo que hay que oír”, decía su abuelo. ¿Ella lo había escuchado todo?, ¿quedaba alguna voz en esa casa, en ese barrio, en ese mundo, el supuesto mundo suyo, ese donde vio nacer la vida, algo quedaba por escuchar? No estaba segura, pero no quería esperar a los más pequeños crecieran para saber si en ellos encontraba un eco. Dejó de mirar ese  lado y volteó su mirada al izquierdo; el lado del corazón, del suyo, se había repetido cantidad de veces. Esa voz estaba allí, calladita, como el andar de su abuelo.

“Será de quien se atreve a quitármela”, surgió la voz de la bisabuela. ¿A qué venía eso ahora?, ¿se estaba insolando? El calor pasaba los 44 grados en ese lado de la tierra y a ella el tiempo se le acababa. Eso había respondido la anciana cuando alguien le preguntó para quién sería la cadenita de oro cuando se muriera: “será para quien se atreva a quitármela”. Murió. Nadie se atrevió. Se fue con su reliquia. Así como las grandes diosas con todas sus pertenencias. A ella la sepultaron con toda su sabiduría y su reciedumbre. Nadie la había superado. Sus descendientes fueron débiles, malentendieron sus enseñanzas. Quizá los protegió demasiado y les ablandó el carácter. Pero ahora quedaba ella. Estaba de frente al camino. Justo en la división; era el momento. Un lado o el otro.

Abrió de nuevo los ojos. El sol la cegaba. Vio ondulaciones sobre el vapor de la tierra. Que contradicción, olió el petricor. Tuvo la visión del gato que perdió la curiosidad cuando la curiosidad llegó a él. El metiche gato de su vecino siempre había indagado la vida de los demás y su interés se apagó cuando uno de sus gatitos quedó expuesto en la barda ajena. Ese día enmudeció y fue un gato tan callado como el abuelo. El abuelo, siempre él en los momentos decisivos. Siempre su abuelo, siempre su padre… no tardó más. No había nada que escuchar, nada que valiera su vida, que valiera la pena. Retomó el paso y eligió el camino del corazón; de ningún otro, el de su corazón.

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