Por: Luna Rondón
Mentoría: Sergio Rodríguez-Blanco
Una fotocopia borrosa es todo lo que queda del rostro de Everth Mendoza. Su esposa la guarda como única reliquia, como prueba y testigo de su vida. No hay más fotografías, no hay álbumes. A Everth lo desaparecieron. Lo mataron. Y después dijeron que era guerrillero. El ejército lo presentó como una baja en combate. Pero Everth no era combatiente. ¿Es posible la justicia restaurativa?
Su caso, y el de decenas como él, forma parte de lo que en Colombia se llamó durante años “falsos positivos”. Hoy se les llama por su nombre jurídico: ejecuciones extrajudiciales, es decir, asesinatos cometidos al margen de la justicia por militares que presentaban a civiles inocentes como guerrilleros muertos en combate, a cambio de ascensos, medallas o beneficios.
Entre 2002 y 2008, según la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), al menos 6,402 personas fueron asesinadas en Colombia bajo este patrón. En el Tolima, la región central del país, se documentaron al menos 284 casos, muchos atribuidos a integrantes del GAULA Militar Tolima (Grupos de Acción Unificada por la Libertad Personal), hoy comparecientes ante la JEP.
Tampoco fueron guerrilleros Rubén, Efraín, Mauricio, Armel o Cristóbal. La memoria de todos ellos encontró un lugar simbólico en “Renacer por el respeto a la vida”, una exposición transmedia creada por estudiantes de la Universidad del Tolima en el Museo Panóptico de Ibagué, una antigua cárcel hoy convertida en espacio cultural.
A través de lonas con rostros impresos, videos animados, infografías, cartas y objetos de memoria, el Semillero Mohana, grupo universitario de investigación y creación transmedia, convirtió horas de audiencias y documentos oficiales en un relato accesible, que estuvo abierto al público entre mayo y julio de 2025 y que ahora también circula en plataformas digitales de libre acceso como Semillero Mohana – Universidad del Tolima – YouTube

Lonas que cuelgan del museo con sus rostros y algunos mandatos: verdad, justicia, dignidad. (Foto: cortesía Semillero Mohana)
“Queríamos contar a las víctimas desde lo que realmente eran. Quisimos dignificar la felicidad. Que se recordarán como las personas que sus familias conocieron”, dice Sofía Cerquera, estudiante de Comunicación Social e integrante del semillero.
El material forma parte de un proceso de justicia restaurativa impulsado por la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), en el que participaron víctimas y comparecientes: militares implicados en las ejecuciones. La finalidad de este enfoque es priorizar la reparación del daño a través del entendimiento mutuo y la reintegración social, en lugar de enfocarse solo en el castigo.
Encuentros restaurativos
El proyecto se desarrolló en tres meses. El equipo, compuesto por estudiantes de comunicación, historia y sociología, partió de informes de la JEP, especialmente sobre la masacre de El Totumo y otros casos ocurridos en el Tolima.
El semillero abordó la imagen de nueve víctimas directas. Como grupo tuvieron que escuchar testimonios de comparecientes y entrevistas a las víctimas, parte del archivo de la ARN (Agencia de Reincorporación y Normalización). A veces de hasta 40 horas de audiencias públicas, para lograr un relato empático
Sofía Cerquera explica que los testimonios de los comparecientes se dividieron por bloques temáticos. “Ubicábamos fragmentos cuando hablaban del patrón de macrocriminalidad, del perdón, de la obediencia a órdenes superiores. Todo eso nos sirvió para entender cómo operó esta lógica institucional.”
Ese patrón de macrocriminalidad, reconocido por la JEP, señala que estos crímenes no fueron casos aislados sino sistemáticos.
En los testimonios Sofía notó que los soldados comparecientes tendían a asumir la culpa. “Muchos todavía hablan de sus superiores como ‘mi querido coronel’ o ‘mi comandante’, decían ‘fuimos nosotros, unas manzanas podridas’ que habían traicionado la institución y su deber”, recuerda Sofía.
Daniela Florián, otra estudiante del semillero, estuvo presente en uno de los encuentros restaurativos: “Ese día hubo presión, todo era muy tenso, pero se mantuvo el respeto. Escuchar las historias de las víctimas directamente fue impactante. Para mí, ese día marcó un antes y un después”.
La profesora Adriana Marulanda, quien lidera los proyectos del semillero, explica que desde el inicio se dio cuenta de que el reto iba más allá de lo académico. “Fue un proceso súper cuidadoso. Nos tomó tiempo entender cómo narrar sin revictimizar, cómo aportar a la paz sin caer en juicios fáciles”, dice.
Para Marulanda, lo más difícil fue el primer encuentro con los comparecientes: “Salí de ahí con crisis nerviosa. Me costó entender que podía sentir empatía. Pero también comprendí que en la guerra no gana nadie. Todos perdemos”.
Transmedia e IA para narrar
La exposición fue producida con herramientas digitales que cualquier estudiante podría tener a la mano: Canva y Chat GPT.

Imagen en pleno proceso de creación con herramientas digitales. (Foto: cortesía Semillero Mohana)
Como no contaban con presupuesto ni con apoyo técnico externo, organizaron el proceso por grupos. Primero, leyeron los informes de la Comisión de la Verdad, analizaron horas de audiencias públicas de la JEP y construyeron guiones en equipo. Luego vino la etapa creativa.
“Los personajes y escenarios los generamos en Chat GPT”, explica Marulanda, en su rol de docente y mentora del semillero. “Cada estudiante escribía el guión, creaba su escenografía, diseñaba las escenas, y después todo eso se recortaba y se animaba en Canva. Así armamos los videos”.
Las y los estudiantes grabaron voces en off, editaron sonido, integraron capas visuales y tradujeron conceptos jurídicos complejos en narraciones accesibles. “Usamos lo que sabíamos usar y lo pusimos al servicio de algo que necesitaba ser contado”, dice Sofía.
Los videos resultantes explicaban las tres etapas del patrón de macrocriminalidad: planeación, ejecución y encubrimiento. A través de animaciones hechas con recursos gratuitos, lograron narrar cómo operaron las ejecuciones extrajudiciales en Colombia, sin simplificar los hechos ni perder rigor.
En el museo también se expusieron objetos reales: cartas escritas por comparecientes pidiendo perdón, medallas militares obtenidas por falsas “bajas en combate” y retratos hablados de las víctimas construidos a partir del recuerdo de sus familiares. Todo el contenido fue autorizado por las familias antes de ser expuesto.
“Las víctimas no querían que sus familiares siguieran siendo vistos solo como cifras o casos. Querían que se contara quiénes eran en realidad, con nombre, cara, historia”, dice Sofía.
Uno de los momentos más simbólicos fue la entrega pública de las medallas a las víctimas. “Entrego esta medalla porque no me la merezco. Fue otorgada por una operación en la que asesiné a alguien inocente”, dijo uno de los comparecientes frente a los asistentes.
Ese gesto se dio bajo estrictas medidas de cuidado. Las víctimas y los comparecientes no convivieron directamente durante la preparación. Incluso usaban baños separados. Todo fue diseñado para evitar encuentros innecesarios.
El mural que se colocó en el fondo del museo también se trabajó por separado: una parte pintada por víctimas, otra por comparecientes, realizado por María Paula Bahamon, psicóloga especializada en arte terapia, que logró integrar las piezas sin forzar una convivencia directa.

”El amor es la fuerza que lo mueve todo”. Acrílico sobre retablo. Participación de 9 familias de desaparecidos y 36 comparecientes. (Foto: cortesía Semillero Mohana)
Del museo a la nube
En la celda 174 del antiguo Panóptico, fungió como corazón de la exposición un altar de 3 por 3 metros, con nueve portarretratos, ramos de flores, velas encendidas y manteles de encaje, presentado a familias de víctimas y comparecientes por igual, como símbolo restaurativo por la memoria de las personas desaparecidas.
A nivel emocional, el impacto fue fuerte. “Yo no sabía cómo sentirme”, confiesa Sofía. “Era ver a estos asesinos, sí, pero también ver que eran personas normales, que uno podría cruzarse en la calle. Me sentí confundida, lloré mucho, lloramos todos. Uno piensa que puede dividir el mundo en buenos y malos, pero cuando los ves de frente es otra cosa”.
Adriana lo plantea en términos éticos.
“No se trata de justificar los crímenes, pero sí de entender el sistema que los permitió. Por eso es importante hablar del patrón de macrocriminalidad: para que la gente entienda que no fueron sólo ‘manzanas podridas’, sino decisiones institucionales”.
De 2006 a 2008, en el Tolima los miembros del ejército operaron de esa forma. Los altos mandos dentro de los batallones presionaban con amenazas o sobornos a sus subalternos y esto generaba escenas de combate inexistentes con cuerpos sometidos a fusiles y uniformes ajenos.
Sofía lo resume: “Las familias no quieren venganza. Quieren que se diga la verdad. Que se diga que sus familiares no eran guerrilleros. Que eran inocentes. Eso es todo.”
En agosto de 2025, el material de la exposición fue publicado en línea como parte del seguimiento al proceso restaurativo. Videos, retratos hablados, infografías y fragmentos de testimonios pueden consultarse en las plataformas del Semillero Mohana y la Universidad del Tolima, con el propósito de mantener el acceso abierto a las voces de las víctimas y los hechos documentados.

Inegrantes del Semillero Mohana (Foto: cortesía Adriana Marulanda)
Hoy, el equipo sigue trabajando en llevar la muestra a otras universidades y municipios del Tolima. También preparan presentaciones en congresos y espacios académicos dentro y fuera del país.
La tarea, dice Adriana Marulanda, no ha terminado: “Esta narración es para sensibilizar la historia y la memoria del Tolima, para que eso no vuelva a suceder”.

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