Mazatlán, Sinaloa.- Su padre creyó que Marce se iba a morir muy pronto. Se sentó a su lado en la cama y empezó a llorar. Ella acababa de decirle que tenía VIH.

“Se sienta en la cama y empieza a llorar. Pero con un llanto que nunca lo había visto llorar así. El creía que ya me iba a morir”.

En esa habitación pequeña, el diagnóstico se volvió una presencia más.

Marce es indígena muxe, homosexual y vive con VIH desde 2020. Aún hoy le resulta imposible no volver a aquel mensaje en el celular. Su expareja le pedía que fuera a revisión médica. Nada más. Sin dramatismos.

Marce fue al médico. Esperó. Días después, el resultado: positivo.

Tenía 30 años y vio su mundo desmoronarse. Lo más difícil no fue escuchar la palabra, sino imaginarla en la cabeza de sus padres. Contarlo en casa sería otra batalla.

“Fue para mí un choque muy fuerte porque yo toda mi vida me he dedicado al activismo, a dar información sobre el uso del condón y todo ese tema de la discriminación. Y de pronto era yo. ¿Cómo me pasó a mí?”

UN DESCUIDO

Desde la preparatoria repartía preservativos en jornadas de salud, hablaba en secundarias, organizaba pláticas. El VIH era una estadística que se combatía con educación. No era un espejo. Hasta que lo fue.

“Me descuidé”, dice Marce.

La palabra VIH arrastra décadas de estigma. Marce dejó de comer. Adelgazó. Cada noche, al volver del trabajo, lloraba en silencio. Se negaba a contarlo en casa.

Cuando por fin se lo dijo a su madre, ocurrió algo inesperado.

“Me dio mucho temor por mi familia, cómo lo iba a tomar. Se lo dije a mi mamá y se puso con una serenidad y una fortaleza. Me dijo que no pasaba nada”.

Después vino el llanto del padre. Ese llanto desconocido.

LAS CARGAS

Marce nació en el Istmo de Tehuantepec, en Oaxaca. Es muxe, parte de la comunidad zapoteca que nombra desde tiempos antiguos un tercer género, un espacio propio entre lo masculino y lo femenino. En su tierra aprendió que ser muxe es ser puente entre mundos, entre lenguas, entre expectativas.

Empezó el tratamiento antirretroviral en pleno auge del Covid-19. Cada visita al Seguro Social era una prueba adicional. Cuando en la fila decía su padecimiento, los cuerpos se abrían a su alrededor. Algunos retrocedían. Otros la miraban de reojo.

La ignorancia también es contagiosa.

“Desde la infancia he vivido discriminación. Primero por indígena, después por mi orientación sexual y tercero por el VIH”.

Es una triple carga: indígena, muxe y positiva. Pero Marce no se asume víctima. Hace tres años se casó. Su pareja supo el diagnóstico desde el principio. Comparten casa, cuentas, silencios. También la intimidad.

“El miedo está ahí, de que yo lo pueda contagiar”, admite.

El temor existe. Pero también está la ciencia. Seguir el tratamiento al pie de la letra. Mantener una carga viral indetectable. Porque indetectable es igual a intransmisible.

MIL CASOS

Mientras Marce organiza su vida alrededor de horarios de pastillas y consultas médicas, las cifras siguen creciendo. Según datos del Centro Ambulatorio para la Prevención y Atención en Sida e Infecciones de Transmisión Sexual (Capasits), en Mazatlán hay más de mil casos positivos.

“Nosotros tenemos 693 pacientes viviendo con VIH y en tratamiento en Capasits. Faltan las cifras del Seguro Social e Issste, sí deben pasar los mil casos en Mazatlán”, dijo el director de Capasits Mazatlán, Rosendo Armando Anistro Salazar, el pasado 1 de diciembre, Día Mundial de la lucha contra el VIH.

En 2025 se registraron 97 casos nuevos. En 2024 fueron 93. Las edades fluctúan entre los 25 y 45 años. Según Anistro Salazar, por cada mujer contagiada hay cinco hombres.

Pero Marce no es una cifra. Sabe que el virus vive en su sangre. Y sabe también que no la define.

MÁS NOTAS SOBRE MUXES: