Topolobampo, Sinaloa.- Sin música porque no sirve el estéreo, con un brazo de fuera y los vidrios abajo porque tampoco sirve el aire acondicionado desde hace un par de años. Manejé tranquilamente por una carretera en excelentes condiciones que comienza en la ciudad de Los Mochis y culmina en el puerto de Topolobampo, ambos lugares pertenecientes al municipio de Ahome, el último al norte de Sinaloa.

La plática entre mi madre y mi hermana eran el sonido de fondo, y un par de balbuceos de Luis Eduardo, mi pequeño sobrino que apenas rebasa el año de edad, y que tiene la sana costumbre de dormirse en automático cuando viaja por carretera, pero despertó unos kilómetros antes de llegar al destino.

Topo te recibe con una impresionante estación de trenes que conecta al ferrocarril con los barcos enormes que encallan en el puerto. Hay ferries que trasladan personas, carros y mercancía hasta el puerto de La Paz en Baja California Sur. Hay muchos buques petroleros y algunos que llevan metales extraídos de las minas de la sierra sinaloense, granos de nuestros valles o que han traído fertilizantes para cubrir la necesidad que tiene “el granero de México”, apodo que recibe Sinaloa por su gran producción de Maíz y Frijol.

Hay que cruzar la vías con precaución para poder acceder al colorido pueblo, cuyas casas se encuentran a mitad de algunos cerros y peñascos a la orilla de la bahía. Topolobampo es un territorio amplio constituido por tres enormes bahías, la de Santa María, la de Ohuira y la que lleva el mismo nombre que el pueblo; En dichas aguas hay varias playas, la más concurrida es la de El Maviri, y campos pesqueros como Lázaro Cárdenas que está conformado por la etnia Mayo – Yoreme, pueblo originario de estas tierras.

La soledad imperaba sobre el pequeño pero bien conservado malecón, algunos locales principalmente de comida estaban entre las casas del lado de calle frente al mar, mientras que del lado del mar había una pequeña pared de medio metro con acabados para sentarse como si fuera una larga e infinita banca de cemento, un camino de adoquines cuadrados abarcaba la mayoría de la acera. En la orilla, pegado a la guarnición, cada cierto tramo hay algunas techumbres con bancas de cemento, probablemente eran paradas de camiones o taxis, pero de momento estaban solas.

No era gratis la ausencia de personas, era la semana santa del año 2021, la cuarentena por la pandemia del Covid-19 aún se mantenía activa, sin embargo, mi familia y yo teníamos razones de salud emocional que nos urgían a salir de la rutina hogareña. Culiacán es una ciudad cada vez más hostil para sus habitantes y de vez en cuando hay que buscar la calma en tierra ajena.

Estacionamos la camioneta la final del Malecón y comenzamos a caminar por el andador del lado del mar, un par de lancheros se encontraban platicando debajo de un toldo metálico que daba sombra, y se encontraba a lado de una escaleras que bajaban a un pequeño muelle en el que descansaban amarradas un par de lanchas pequeñas; preguntamos sobre los paseos y sobre cómo era la dinámica para ir a ver al “Pechocho”.

El Pechocho es un delfín que vive en un pequeño manglar en un rincón en medio de las aguas de la bahía de Topolobampo, al parecer durante un huracán su madre se refugió en ese manglar con forma de “herradura” y ahí parió al Pechocho, quien se acostumbró al lugar y se negó a marcharse. Su madre si continuó con su natural rutina migratoria por el Océano Pacífico, dejando solo a su vástago que con el tiempo se convirtió en una atracción del lugar.

Supe del Pechocho gracias a que el escritor sinaloense César López Cuadras hizo al animalito protagonista de una de sus novelas (El delfín de Kowalsky), en la que el animal era un exótico narcotraficante –como si nos hiciera falta tener fama–. Confieso que no he terminado de leer la novela, pero le agradezco al autor haberme dado la primera pista para saber de la existencia de esta criatura acuática.

El lanchero vestido de pantalón de mezclilla claro, camisa blanca con ligeras rayas tono perla y una gorra roja, nos dijo que los que se encargaban de ese negocio no estaban debido a la falta de flujo de turistas por la cuarentena, pero que él estaría dispuesto a darnos el servicio, nos explicó el itinerario que las personas de los paseos normalmente dan: El Pechocho, el barco hundido, la isla de los pájaros, un recorrido por las tres bahías…

Luego de escuchar la lista de atracciones que desde luego ignorábamos por completo, al ser nuestra primera vez en Topo, preguntamos por el costo, el sujeto nos propuso una tarifa de 1200 pesos por un paseo de alrededor de una hora visitando los lugares que había mencionado previamente. Tras consultar a la jefa de la expedición, que desde luego era mi madre, dio “Luz Verde” y cerramos el trato con nuestro futuro capitán.

Subir a una lancha fue un rato para una familia conformada por una mujer de casi 60 años y poca condición física, una mujer de más de 30 años con sobrepeso y la responsabilidad de un niño que apenas rebasa el año, y para cerrar un hombre de casi 40 años con 180 kilos de peso y ampliamente conocido por su torpeza, con la asistencia del capitán y la suficiente concentración todos logramos abordar sin accidentes.

Delfines en la bahía de Topolobampo. Foto: Marcos Vizcarra

La expedición hacia El Pechocho

 

El capitán a quien por cierto jamás le pregunte su nombre, nos pidió ponernos unos chalecos salvavidas de color anaranjado, ante cualquier accidente por lo menos podríamos flotar y aumentar nuestras posibilidades de sobrevivir al naufragio, que por fortuna y gracia de Dios no ocurrió.

El paseo comenzó, el aire fresco y al brisa marina rosaban mis cachetes, introduciéndome en una especie de trance. La naturaleza y yo comenzamos a ser uno mismo, los primeros metros parecían como un viaje en auto. Aguas calmadas que al cruzar cierta distancia comenzaron a tener olas que nos movían con su fuerza engañosa. El capitán subía y bajaba la velocidad según el tamaño de las olas que vinieran y con esa evitaba que la lancha se agitara bruscamente, aunque por momentos era inevitable sentir el zangoloteo.

El capitán nos explicaba el nombre y misión de cada uno de los gigantescos barcos atracados en el puerto que estaban a un par de kilómetros de distancia de nosotros, mientras cruzábamos la bahía rumbo al manglar donde habita nuestro amigo cetáceo protagonista de este relato: El Ferrie es el barco que lleva pasajeros, autos y paquetería hacia el puerto de La Paz, en el estado de Baja California al otro lado del Mar de Cortés, un enorme barco rojinegro pertenece a PEMEX y trae combustible, uno más pequeño de color gris es un buque de la Marina Armada de México, otro de color azul transporta fertilizantes…

Al llegar al manglar éramos los únicos espectadores. “A ver si quiere salir”, advirtió el capitán, nos explicó que el Pechocho tiene un código, si sale con un palito en el hocico es una señal que está indispuesto, se desconoce si es cansancio o aburrimiento, pero queda claro que si trae el palo no se va a acercar a los turistas y se va a esconder.

Para nuestra fortuna después de unos minutos Pechocho apareció con el hocico vació y comenzó a nadar por su hábitat, en el momento menos esperado se posicionó justo a lado de la lancha, “ya, ya, ahí está, tóquelo”, nos dijo a gritos con algo de euforia el lanchero.

Sentí temor al inclinarme, me dio miedo que mi peso fuera a voltear la lancha o a que me venciera y cayera al agua, así que con mucha precaución me incliné despacio. Por suerte, fue de mi lado la aparición del delfín, estiré el brazo y comencé a tocar mientras lentamente sacaba su cuerpo a la superficie el gran pez. La piel de los delfines es gruesa, pero a la vez blanda, es como si tocará una especie de plástico maleable pero húmeda, el capitán nos dijo, “rásquele, eso le gusta”, y de inmediato puse mis manos en forma de garras, por fortuna no traía las uñas largas para no lastimar al animal, y comencé a rascar con fuerza la panza y la espalda de Pechocho, cuya reacción fue, en efecto, permanecer más tiempo a la intemperie y volver gozoso.

Experimenté muchas sensaciones, no sé si mi mayor sorpresa era el sentir esa nueva textura de una piel de otro ser vivo, o si era ver como mi hermana volvía a la infancia, extasiada rascándole la panza al Pechocho. Tal era su emoción que dejó libre a Luis Eduardo, su pequeño hijo que apenas rebasaba el año, por suerte la abuela estaba cerca y tomó del chaleco al niño de manera preventiva, aunque por la impresión, él jamás intento acercarse al agua.

Luis Eduardo también estaba sumamente sorprendido, no sé si por ver tan cerca al delfín, tan emocionadas a su mamá y su tío, o porque su mamá los soltó a la buena de Dios arriba de la lancha. El pequeño tenía la boca abierta al máximo, y sus ojos como si fueran platos. Miraba con asombro aquella escena de dos adultos, volcados a manosear un enorme pez.

Me es imposible calcular el tiempo que Pechocho nos permitió tocarlo, pero recuerdo el momento con mucha claridad. Tras la primera vez, llegó una segunda lancha con turistas, por lo que alternó los acercamientos, tuvimos la dicha de poderlo tocar otras dos ocasiones, aunque fueron más breves.

Jamás imagine en la vida sentir ese tipo de textura, ni la conexión que hace uno con el animal al fundirse en aquel ritual de placer tan básico, pero a la vez extraordinario. Después de la tercera ocasión, Pechocho apareció al poco tiempo con una rama en el hocico, su señal de tomar un descanso, así que una vez cumplida la misión, decidimos partir del manglar para continuar el recorrido.