Parece que a Latinoamérica le urgía un símbolo. Y le tocó a Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny.

Comienzo por decir que a mí no me gusta su música, me parece básica, plana. Todo su personaje me parece vulgar, en especial sus letras, su voz sin gracia.

Pero nada en contra de Bad Bunny. Todos tenemos derecho a disfrutar de lo simple y lo vulgar, a cantar y bailar sin juicio estético ni moral.

Nomás no digamos que el 8 de febrero el mundo fue testigo de lo mejor de la música latinoamericana.

Aceptemos que la NFL aprovechó el momento para ampliar su mercado en Latinoamérica.

Aceptemos que el establishment progresista gringo aprovechó a Bad Bunny para hacer enojar al otro extremo político.

Aceptemos que muchos adultos eligieron olvidar la vulgaridad a conveniencia. Quienes hace todavía muy poco se alarmaban con las letras hipersexualizadas y explícitas, ahora defienden al conejo malo porque también canta cosas bonitas como “debí tirar más fotos”. El juicio de repente se volvió selectivo.

Y qué tal la moral flexible de los progres que en cualquier otro contexto cancelarían a Bad Bunny por sus versos misóginos y cosificadores de la mujer, pero que lo perdonan sólo porque hoy les sirvió de instrumento para su mensaje político.

No olvidemos esto cuando mañana ellos mismos lo quemen en su hoguera purificadora.

Y ahora toca mencionar el impresionante inventario de subdesarrollo que nos recetaron durante 14 minutos: el barrio cutre como origen y destino del latinoamericano, la precariedad laboral sin herramientas ni tecnología, los negocios informales, el taller de esquina.

Si a esas vamos, faltaron otras cosas que nos mantienen en el subdesarrollo, como el político corrupto, el dictador encarcelando periodistas, el criminal extorsionando, y el hospital sin medicinas.

Treinta países culpando a la opresión y el racismo de uno sólo como fuente de su subdesarrollo, se me hace una posición muy cómoda. Cero autocrítica.

A Latinoamérica le encanta decir que todo lo suyo es mejor que lo norteamericano. Pero ahí estamos celebrando que nos presten por una vez su máximo escenario.

Decimos que no necesitamos la aprobación gringa, pero en realidad parece que nos urge.

Bad Bunny no es el villano, es el síntoma de la urgencia de un símbolog.

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