En Culiacán, y en Sinaloa en general, se habla cada vez más de construcción de paz. Existen organizaciones dedicadas, campañas que circulan en redes, videos que repiten que somos más los buenos. El mensaje es correcto, sin embargo, la realidad se siente cada vez más lejana a ese discurso. Mientras hablamos de paz, seguimos trabajando de forma fragmentada, sin unidad real, sin proyectos conjuntos que crucen sectores y voluntades.
No hay una estrategia transversal auténtica. No hay un esfuerzo común donde sociedad civil, empresas, academia, comunidades y gobierno se sienten en la misma mesa con un objetivo compartido. Lo que vemos, muchas veces, son esfuerzos aislados, bien intencionados en apariencia, pero atravesados por intereses personales, políticos o de posicionamiento.
La paz se vuelve narrativa, no proceso.
También resulta imposible ignorar el papel de algunas cámaras y organismos empresariales. En teoría, existen para representar y defender a sus agremiados; en la práctica, con frecuencia parecen más preocupados por su propio protagonismo o por su cercanía con el poder político que por las condiciones reales en las que operan los empresarios honestos. Esa desconexión deja a muchos solos, expuestos, sin una voz colectiva fuerte que los respalde.
Entonces ¿Qué puede hacer realmente el ciudadano? ¿Qué puede hacer el empresario honesto, el emprendedor real, cuando la otra parte tiene armas, control territorial y capacidad de intimidación? La respuesta no es heroica ni inspiradora. Lo que hacemos, en muchos casos, es replegarnos. Vivir con zozobra. Bajar el perfil. Sobrevivir.
Frente a esto, también habría que preguntarse con seriedad: ¿Qué puede hacer el gobierno? ¿Qué está haciendo en realidad? ¿O acaso hemos llegado a un punto en el que las decisiones de un estado parecen estar secuestradas por unos cuantos grupos? La pregunta no es exagerada cuando la violencia se normaliza, cuando la inseguridad se vuelve parte del día a día, y cuando los ciudadanos dejamos de sentir que el Estado puede garantizarnos siquiera lo mínimo: seguridad.
Se habla de reactivar la economía, de traer conferencistas, de impulsar el emprendimiento. Pero vale la pena preguntarse: ¿qué posibilidades reales tiene el emprendedor honesto cuando compite en un entorno donde las reglas están chuecas? ¿Cómo se construye una economía sana cuando el cumplimiento de la ley no es parejo y cuando la ilegalidad se mezcla con la vida cotidiana?
Aquí es donde muchas iniciativas fallan, porque se quedan en la superficie. Esto no se va a resolver con eventos, discursos o decoración institucional. La raíz del problema es mucho más profunda y, aunque incomode decirlo, pasa por la educación y por las estructuras que hemos dejado deteriorarse durante décadas.
Sinaloa, y México en general, necesitan una reforma educativa real, profunda y transversal. Una que no se limite a cambiar programas en papel, sino que involucre de verdad a padres de familia, docentes, comunidades y estudiantes. Una educación que forme criterio, ética, pensamiento crítico y sentido de responsabilidad colectiva. Sin eso, cualquier intento de pacificación será frágil.
Lo mismo ocurre con las pequeñas y medianas empresas. Si de verdad se quisiera fortalecer la economía formal y honesta, existirían incentivos claros, beneficios reales y acompañamiento efectivo para las PyMEs. No discursos, no promesas, no simulación. Estructura.
Todo esto exige un proyecto de largo plazo, serio, incómodo, que implique renuncias personales y políticas.
Exige dejar de pelear por cuotas de poder, de colocar a personas sin perfil en puestos clave, de confundir lealtad política con capacidad técnica. Exige entender que gobernar no es administrar el conflicto, sino construir condiciones.
Tal vez lo más doloroso es sentir que se está desperdiciando una oportunidad histórica. Que un gobierno que prometió transformación se conforme con cambios superficiales, mientras lo estructural sigue intacto. Y mientras tanto, los ciudadanos vivimos cansados, tensos, sobreviviendo.
Decir esto no nace del odio ni del desprecio por nuestra tierra. Nace del amor por Sinaloa y del hartazgo de ver cómo la simulación sustituye a la acción real. La paz no se construye con slogans. Se construye con decisiones valientes, con educación, con instituciones fuertes y con una sociedad dispuesta a mirarse de frente, sin autoengaños.

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